GLENN COOPER

El Libro de las almas – Glenn Cooper

Posted: 30 Dec 2011 11:04 AM PST

 

 

 Grijalbo nos trae la esperada continuación del gran éxito cosechado por el escritor estadounidense Glenn Cooper (1953, EEUU) por su novela La Biblioteca de los Muertos, thriller que alterna el tiempo actual con la Bretaña medieval. Todo un best-seller que alcanzó la cifra de dos millones de ejemplares vendidos, aunque lo curioso es que donde más éxitos ha obtenido en ventas es en el viejo continente que en Norteamérica. Le pasa lo mismo que a su paisano Woody Allen como cineasta, pues también es más admirado en Europa que en su propio país. LEER MÁS

El propio escritor lo afirma: “Creo que aquí hay una conexión más directa y más fuerte con el pasado, es algo que está más presente, y eso es por lo que creo que aquí tengo muchos más lectores. Pero la verdad es que no estoy muy seguro de cuáles son las razones reales”. En España, Italia o Gran Bretaña es donde ha despertado más interés su obra. La segunda entrega de la saga, El libro de las almas (Book of Souls), vuelve a tratar el tema del alma humana, los misterios de la vida y la muerte, la predestinación. Temas ya tratados desde hace siglos tanto en literatura y ahora en el cine y que apasionan al autor neoyorkino.

Glenn Cooper estudió Arqueología en Harvard y Medicina en la Universidad Tufts, centro educativo próximo a la ciudad de Boston. Presidió una empresa de biotecnología en la que desarrolla “terapias de vanguardia contra el cáncer” y posee una productora de cine llamada Lascaux Pictures. Ha escrito el guión de la película “Long Distance”. Luego empezó a expresarse en novela y recibió negativas de decenas de editoriales. Pero no arrojó nunca la toalla. Y esa perseverancia acabó dando sus frutos, pues dio con la clave de lo que iba a marcar su éxito: mezclar la política con la religión, pues ahí es donde se esconde todo sobre la historia de la humanidad, el pasado oscuro que esconde el Vaticano y las sorpresas que puede dar el Pentágono con sus experimentos que pueden suponer un serio peligro para los habitantes de planeta. Y decir Pentágono, en este caso, es nombrar la famosa Área 51, que tantos ríos de tinta ha hecho correr así como series televisivas y películas en las que aparece la base ultrasecreta que el gobierno norteamericano tiene en el desierto de Nevada.

En la casa de subasta londinense Pierce&Whyte, el director del Departamento de Libros Antiguos, Toby Parfitt, prepara una subasta de una colección de objetos. Narrado en tercera persona, Cooper nos presenta de nuevo al ex agente del FBI, Will Piper, ya retirado, que vive en Manhattan, Nueva York con su esposa Nancy Lipinski y su hijo. Observa como una furgoneta le persigue ¿qué querrán y quienes serán?. Will Piper es requerido por los ocupantes de la furgoneta para hacerse con un libro perdido: un ejemplar que contiene una larga lista de nombres y fechas escritos en distintos idiomas: es el volumen 1527, el que se va a subastar, después de siglos de permanecer olvidado en un estante de Cantwell Hall, residencia de lord Cantwell. Pero hay una tercera persona, Frazier, jefe de seguridad de Área 51, donde ahora se halla “la biblioteca de los muertos”, y que es enviado por el Pentágono para que puje por el libro y se haga con él a cualquier precio.

En ese volumen hay una fecha clave: el 9 de febrero de 2027. Es un libro trepidante y una buena continuación del primero de la saga. La estructura es similar, pues vuelve a haber tres tramas diferentes pero enlazadas entre sí. Nos volvemos a encontrar con la abadía de Vectis, cómo el volumen termina en la residencia de Lord Cantwell y la reconstrucción de los hechos para tratar de averiguar el significado de lo que encierra ese extraño libro. El estilo de Glenn Cooper en su obra es directo, dinámico. Además, se agradece también la labor de documentación hecha por su autor. Los personajes están bien definidos y creíbles.

Una novela de intriga entretenida, donde no falta la acción y vemos de lo que es capaz el ser humano para conseguir un propósito, como la lucha de unos contra otros, la astucia, la velocidad, el crimen y, una duda que se supone será resuelta en la tercera entrega de la saga que está preparando el escritor norteamericano: qué pasará después de 2027. Recomendable para quienes gustan de enfrascarse en su lectura en todo momento, sin pestañear, y sencillamente pasar un buen rato, sobre todo aquellos que disfrutan con este tipo de lecturas ligeras. Están de enhorabuena los amantes del tipo de aventuras iniciada por Dan Brown, el autor del “Código da Vinci”.

Galaico (unlectorindiscreto.blogspot.com)

FICHA DEL LIBRO Título: El Libro de las almas | Autor: Glenn Cooper | Editorial: Grijalbo | Páginas: 408 | Precio : 21,90€ | Reseñado por : Galaico

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ARTO PAASILINNA

El año de la liebre – Arto Paasilinna

Posted: 29 Dec 2011 12:12 PM PST

 

 

Arto Paasilinna (1942, Finlandia) autor de una extensísima obra todavía por descubrir en nuestro idioma, relumbra gracias a su particular talento en las novelas que periódicamente nos ofrece Anagrama. Una de las mas famosas, populares y premiadas es esta que hoy tratamos El año de la liebre que, aun llevando escrita cerca de tres décadas sigue estando plenamente vigente, casi diríamos que era profética al versar sobre un tipo de personaje cada vez mas actual: aquel que abandona toda su vida para sumirse en un mundo más sencillo, más humano y ecológico. LEER MÁS

Y es que el personaje de Vatanen cumple con los cánones de aquellos que deciden dejar todo lo material e irse en pos de la felicidad. Periodista desencantado, marido ofuscado, mediana edad y un nebuloso futuro sin interés en el horizonte vislumbra una oportunidad de comenzar desde cero cuando atropella a una liebre mientras acompaña a su fotógrafo camino de un reportaje. Inmediatamente se apea del coche para auxiliarla quedándose junto a ella a pasar la tarde. A partir de ahí renuncia a su trabajo y a su mujer, para iniciar una ruta por la Finlandia rural junto al animalillo. Liquidando una lancha que compró para navegar obtiene fondos para su huida hacia delante.

Desde ese momento Paasilina nos traslada a un mundo simpático casi onírico en el que las escenas rallanas en el surrealismo se suceden plagadas de personajes cada vez mas extraños con los que Vatanen y su liebre interactúan durante un año. Al autor finés presenta una reflexión sobre la felicidad real, anticonsumista, antitradicionalista, a la vez que ecológica, simpática, desinhibida y libre. No con una libertad reivindicativa ni radical, sino cercana, humilde, sencilla y amistosa.

Una obra muy especial que disfrutaran tanto los que la lean obligatoriamente en los institutos como quienes lo hagan por placer pues Paasilinna tiene un estilo tan accesible y unas metáforas tan diversidad que es imposible no sonreír ante sus obras.

Pepe Rodríguez

FICHA DEL LIBRO Título: El año de la liebre | Autor: Arto Paasilinna | Editorial: Anagrama | Páginas 192 | Precio 16,90€

HAROLD BLOOM

 La elipsis de Shakespeare

 

 

 

 

 

Por Harold Bloom

Después de Chaucer y Marlowe, el principal precursor de Shakespeare fue la Biblia inglesa: la Biblia de los Obispos hasta 1595 y la Biblia de Ginebra a partir de 1596, el año en que Shylock y Falstaff fueron creados. Al hablar de la influencia de la Biblia sobre Shakespeare, no me refiero a su fe o espiritualidad, sino a las artes del lenguaje: la dicción, la gramática, la sintaxis, las figuras retóricas y la lógica del argumento. Lo supiera Shakespeare o no, eso significaba que su modelo de prosa más influyente era el mártir protestante William Tyndale, cuya descarnada elocuencia constituye aproximadamente el 40 por ciento de la Biblia de Ginebra, un porcentaje mayor en el Pentateuco y el Nuevo Testamento. Puesto que el propio padre de Shakespeare era un disidente católico, muchos estudiosos le atribuyen al poeta dramaturgo simpatías católicas, una opinión que me parece muy dudosa.

No sé si Shakespeare el hombre era protestante o católico, escéptico u ocultista, hermético o nihilista (aunque sospecho de esta última posibilidad), pero el dramaturgo se inspiró en la archiprotestante Biblia de Ginebra a lo largo de los últimos diecisiete años de su producción. Milton también era un gran lector de la Biblia de Ginebra, aunque me pregunto cada vez más si el último Milton no era una secta postprotestante de un solo miembro, anticipándose a William Blake y Emily Dickinson. Entre otros precursores, Ovidio le transmitió a Shakespeare su amor por el flujo y el cambio, las cualidades que Platón más aborrecía. Al principio Marlowecasi apabulló a Shakespeare, incluso en la deliberada parodia que es Tito Andrónico y el maquiavélico Ricardo III . Pero Shakespeare llevó a cabo una lectura errónea tan poderosa de Marlowe, al menos desde Ricardo II en adelante, que todos los rastros de Marlowe se convirtieron en ilusiones férreamente controladas.

Chaucer fue un elemento tan fundamental en la creación de personajes ficticios en Shakespeare como lo fue Tyndale en algunos aspectos de su estilo. En otras páginas he seguido el libro de Talbot Donaldson The Swan at the Wall: Shakespeare Reading Chaucer , al describir el efecto de la comadre de Bath sobre sir John Falstaff, y me atengo a mi idea anterior de que Shakespeare sacó de Chaucer la idea de representar a personas que cambian al oírse a sí mismas sin querer. No obstante, incluso Chaucer, el escritor más poderoso en lengua inglesa a excepción de Shakespeare, no fue el definitivo precursor, pues el propio Shakespeare se arrogó ese privilegio a partir de 1596, cuando cumplió treinta y dos años y dio a luz a Shylock y a Falstaff. ¿Podemos hablar de “Shakespeare Agonista”? Creo que ese poeta no existe. Sí podemos hablar de “Chaucer Agonista”, que creó autoridades no existentes y no mencionó a Boccaccio. “Milton Agonista” sería sinónimo.

Shakespeare, en cambio, subsumió sus influencias: Ovidio y Marlowe en la superficie, William Tyndale y Chaucer mucho más interiorizados. Caracterizar el contexto de Shakespeare, en su estilo anterior o nuevo, es algo que me agota. Shakespeare y el dramaturgo contemporáneo suyo Philip Massingerparecen el mismo cuando los historiadores de esa época los estudian. No obstante, las obras de Massinger interesan solo a unos cuantos estudiosos especializados. Shakespeare cambió a todo el mundo, Massinger incluido, y sigue cambiándote a ti, a mí y a todos los Historicistas y Cínicos. Lo que Shakespeare deja fuera es más importante que lo que los demás dramaturgos isabelino-jacobinos introducen. Todos los numerosos elementos de la extrañeza de Shakespeare podrían reducirse de manera convincente a su tendencia elíptica en perpetuo incremento, su desarrollo del arte de dejar cosas fuera. Muy seguro de sus poderes mágicos sobre el público corriente y las élites por igual, escribió cada vez más para algo agonístico que había dentro de él.

Aldous Huxley tiene un inteligente ensayo titulado “La tragedia y toda la verdad”, en el que argumenta que, en Homero, cuando pierdes a tus compañeros de tripulación te sientas delante de tu carne y tu vino con entusiasmo y te echas una siesta para olvidar tu pérdida. Esto es todo lo contrario de la tragedia de Sófocles, en la que la pérdida es irrevocable e infinitamente sombría. En la tragedia shakespeariana se fusionan lo homérico y lo sofocleano, mientras que la Biblia inglesa nunca está muy lejos. El género desaparece en Shakespeare porque, contrariamente a lo que afirma Huxley, él quiere darse a sí mismo y a los demás la tragedia y toda la verdad. Hamlet, por afectado que esté ante lo que parece ser el fantasma de su supuesto padre, no puede dejar de bromear al estilo de Yorick, auténtico padre y madre mezclados, y se dirige irrespetuosamente al fantasma llamándole “topo viejo”.

Para acomodar la tragedia y toda la verdad al mismo tiempo, debe dejar fuera todo lo que sea posible, indicando al tiempo cuáles son las ausencias. Ningún lector despierto duda ni de la tragedia ni de toda la verdad de las atroces obras que son Otelo y El rey Lear , ambas campos de inferencia en los que nos perdemos sin comprender lo errático que es nuestro camino. Cuando ante un público o un grupo de discusión de alumnos afirmo que el matrimonio de Otelo y Desdémona probablemente nunca se consumó, casi siempre me encuentro con voces en desacuerdo, cosa que se parece mucho a la actitud con que me enfrento cuando insisto en que el enigmático Edgar es el otro protagonista de El rey Lear , y que es con mucho su personaje más admirable, un héroe de gran entereza aunque con muchos defectos, que comete errores de juicio por culpa de un inmenso amor que no puede aprender a mantener plenamente.

Los escépticos que oyen mis palabras objetan de manera comprensible: Si tales interpretaciones son exactas, ¿por qué Shakespeare hace que sea tan difícil llegar a ellas? Le doy la vuelta a esta objeción: ¿Qué se clarifica en Otelo si el Moro nunca ha conocido cabalmente a su mujer? ¿Qué es todavía más terrible en El rey Lear si su centro pragmático es Edgar y no el destrozado padrino al que ama y venera? La heroica vulnerabilidad del Moro ante el genio demoníaco de Yago se vuelve mucho más comprensible, sobre todo si este sospecha la ambivalente reticencia de Otelo a la hora de poseer a Desdémona. Edgar es la más profunda encarnación del autocastigo de Shakespeare, del espíritu que se desgarra en el proceso defensivo. Si meditamos profundamente sobre Edgar, reajustamos la tragedia de Lear, puesto que solo Edgar y Edmond nos ofrecen perspectivas distintas de la del propio Lear acerca de la caída del gran rey en su abismo.

La más elaborada de las tragedias domésticas de Shakespeare se basa, para su coherencia final, en la interactuación entre los sentimientos increíblemente intensos de Lear, la gélida libertad de todo afecto de Edmond, y los tercos sufrimientos de Edgar, incluyendo su apatía, el “cuitado y fingido papel” de Tom O’Bedlam, tal como lo expresa la página del título del Primer Cuarto. Siempre que busco precedentes -más que fuentes- para Shakespeare, llego más a menudo a Chaucer que a la Biblia inglesa, Ovidio o al Marlowe ovidiano. William Blake, al comentar la comadre de Bath, parece haberla interpretado como la encarnación de todo lo que temía: la Voluntad Femenina. Hoy en día me parece necesario recalcar que Blake descubría la Voluntad Femenina tanto en los hombres como en las mujeres. Chaucer el peregrino se deleita con Alice, la comadre de Bath, y también nosotros.

No obstante, aun cuando hubiera despachado a sus primeros tres maridos, bastante débiles, con sus generosamente activos lomos, hay una elipsis justo antes de que su cuarto marido se dirija convenientemente a su funeral y ella lo llore generosamente, liberándola para poder seguir con el amor de su vida, su joven y quinta pareja. Es evidente que fue bastante fácil deshacerse del inconveniente cuarto marido. A partir de Chaucer, Shakespeare aprendió a ocultar su ironía expandiéndola hasta que hizo falta algo más que la vista para captarla. Con Hamlet ni siquiera podemos oírla. No existe ningún otro personaje literario que tan rara vez diga lo que quiere decir o quiera decir lo que dice. Es un detalle que indujo al clerical T. S. Eliot, que tenía ambivalencias sin resolver hacia su propia madre, a juzgar que Hamlet era J. Alfred Prufrock, y la obra de Shakespeare “sin la menor duda un fracaso artístico!”. Con la posible excepción de El rey Lear , Hamlet es sin duda el éxito artístico supremo de la literatura occidental.

Eliot, un gran poeta aunque tendencioso, casi con toda seguridad fue uno de los peores críticos literarios del siglo XX. Su absoluto desprecio por Sigmund Freud, el Montaigne de su época, perjudicó al oráculo antisemita, que dominaba el mundo académico en mi juventud. Richard Ellmann me aseguró que Joycesiempre defendía la brillante lectura de Hamlet que da Stephen en la escena de la Biblioteca Nacional en Ulises . En esa interpretación está implícita la idea de que el amor paternal de Shakespeare por su Hamletrepite la pauta del amor de Falstaff por Hal, una pauta que William Empson y C. L. Barber encontraron presente en los sonetos de amor traicionado de Shakespeare dedicados a Southampton y Pembroke.

La mayor elipsis de Hamlet es todo lo que ocurre con anterioridad a la obra, donde el alma del príncipe ha muerto. Tenemos que conjeturar por qué y cómo, pues la magnitud de su enfermedad mortal tiene que haber precedido con mucho la muerte de su padre y el segundo matrimonio de su madre. La pista más importante es la relación del príncipe con Yorick, que mil veces llevó al muchacho a su espalda e intercambió muchos besos con un niño ávido de afecto. La imagen característica de la obra es el maduro príncipe sujetando con la mano el cráneo de Yorick y formulando preguntas crueles y de imposible respuesta. Existe una relación oculta entre el prolongado malestar de Hamlet y el singular y deslumbrante enigma de la obra, el vacío que se da en la mimesis desde el acto II, escena dos, hasta el acto III, escena dos. Contemplamos y escuchamos no una imitación de una acción, sino más bien representaciones de representaciones anteriores.

El pacto entre el escenario y el público queda abolido en favor de un baile de sombras, donde solo Hamletel manipulador es real. Al destruir su propio género, la obra nos entrega a un Hamletque carece de padre. Shakespearelo persigue, pero Hamlet siempre se escapa, un duende locuaz tocado con la guirnalda de Apolo. ¿Cómo puede centrarse una obra teatral en el significado de una autoconciencia apocalíptica y en la trascendencia de una actuación dramática que prácticamente purga la conciencia del yo en el acto V? Eso solo nos lleva a otras cuestiones en este laberinto de elipsis: ¿Por qué Hamlet regresa a Elsinore después de su abortado viaje a Inglaterra? No tiene ningún plan y se niega a concebir ninguno. ¿Por qué se mete en la evidente ratonera del duelo con Laertes? Si en verdad no sabemos absolutamente nada de nada de lo que dejamos tras nosotros, entonces tanto da que partamos en un momento u otro, aunque seguramente Hamlet sepa más que el resto de nosotros acerca del significado y la naturaleza del tiempo. Lo hemos escuchado en siete soliloquios, y aún precisamos muchísimo un octavo, que Shakespeare se niega a darnos.

Otras elipsis abundan en Shakespeare.De las grandes figuras de sus obras -Falstaff, Hamlet, Yago, Cleopatra- solo Hamlet tiene padres, por dudoso que pueda ser uno de ellos. En 1980, R. W. Desai sugirió que Claudio era el padre probable de Hamlet. Pero ni nosotros ni el príncipe sabemos cuándo comenzó la relación sexual entre su tío y su madre. Hamlet, cuya irónica manera de actuar es no decir lo que quiere ni querer decir lo que dice, no expresará su perplejidad, aunque esta debe de dejarle insensible. Una cosa es cargarse a un tío asesino, y otra muy distinta matar al padre. Hamlet reclama su nombre, no ya el de su padre putativo, tras haber arrojado el Fantasma al Mar del Norte, por así decir. Regresa como Hamlet el danés, concediendo quizá que el sátiro Claudio podría ser su padre fálico. No lo sabemos, ni tampoco él.

Yorick, el padre imaginativo que amó y crió al pequeño hasta que tuvo siete años, puede considerarse la mayor elipsis en la elíptica tragedia de Hamlet. Nadie tiene por qué dejarse embaucar por el desagrado de Hamlet mientras contempla el cráneo de Yorick. Incluso al otro lado del afecto, Hamlet en el cementerio compone una elegía a Yorickcomo su auténtico padre y madre, el autor de su ingenio. De Falstaff, Shakespeare dice tan solo que el ingenioso gordinflón le sirvió como paje a Juan de Gante, el padre del rey Enrique IV. De Yago, solo conjeturamos que como alférez de Otelo comenzó a venerar a su capitán como si fuera un dios de la guerra. De la Serpiente del Nilo anterior a Antonio solo se nos dice que Pompeyo y César disfrutaron de ella, pero solo César -antes de Antonio- engendró con ello un bastardo. ¿Por qué dar tanta grandeza y sin embargo decirnos tan poco? Los bastardos de Shakespeare comienzan con el maravilloso Faulconbridge de El rey Juan , y a continuación se ensombrecen con el matón don Juan de Mucho ruido y pocas nueces . El espectacular genio de la bastardía es Edmond, aunque Bruto y Hamlet son posibilidades ambiguas.

En la segunda parte de Enrique IV , Suffolk habla orgullosamente antes de que lo lleven a ejecutar: “La mano bastarda deBruto/ apuñaló a Julio César” (IV, 1, 136-137). Plutarco menciona el escándalo (que saca de Suetonio) de que Bruto era hijo de César, y Shakespeare lo insinúa sin decirlo abiertamente en Julio César. Es evidente que Bruto y César conocen su verdadera relación, y Hamlet y Claudio no pueden eludirla. El Stephen de Joyce se hace eco del elíptico Shakespeare en la escena de la Biblioteca Nacional, donde se nos dice que la paternidad es siempre una ficción, algo que Joyce astutamente contrapone a su insistencia en la condición judía de Poldy Bloom. Joyce, el propio Bloom y todo Dublín están de acuerdo en esta identificación, pero cuentan muy poco contra el Talmud. El padre de Poldy es el húngaro judío Virag, pero su madre y la madre de esta eran católicas. Esto pone el Talmud patas arriba. Al judaísmo normativo simplemente le da igual quién era tu padre: solo el hijo de una madre judía es judío, y punto.

Se dice que Picasso afirmó que no le importaba quién lo hubiera influido, sino quién no quería que lo influyera. Y no obstante sigo a Paul Valéry en su creencia de que la autoinfluencia denota un logro literario singular, es una forma sublime de ser dueño de ti mismo que solo se encuentra en los más poderosos de los escritores poderosos. El candidato más vital tiene que ser la lectura errónea de Shakespeare por parte de Shakespeare. Al influirse a sí mismo, Shakespeare impone el modelo para la advertencia de Valéryde que debemos aprender a entender la influencia de una mente sobre sí misma. Según cómo se cuenten, Shakespeareescribió treinta y ocho obras de teatro, de las que veinticinco más o menos son totalmente dignas de él.

Los gustos varían: como devoto falstaffiano no soporto Las alegres comadres de Windsor , y Los dos caballeros de Verona no es mucho mejor, a pesar de un perro adorable. Tito Andrónico , para mí, es una parodia marlowiana, como si el joven Shakespeare estuviera diciendo: “¡Si queréis sangre, aquí la tenéis!” El Bastardo Faulconbridge de El rey Juan comienza a ser el verdadero Shakespeare,pero su primer gran triunfo es lo que sigo llamando la Falstaffiada: las dos partes de Enrique IV y la elegía en prosa cockney que dedica la señora Quickly a sir John en Enrique V . El éxito instantáneo de Falstaff transformó la carrera de Shakespeare: terminó el aprendizaje con Marlowe y comenzó una absoluta independencia. Falstaff reemplazó a Marlowe como precursor de Shakespeare. Esto tampoco supone un rechazo de los demás predecesores: Ovidio, Chaucer,el Nuevo Testamento de Tyndale, Montaigne.

Sin embargo, como reconoció Giambattista Vico, solo conocemos lo que nosotros mismos hemos hecho, y Shakespeareconocía a Falstaff. Olvidaos de lo que los estudiosos siguen perorando acerca del inmortal Falstaff, aunque tengan a Hal/Enrique V de su parte. Los espectadores y los lectores de Shakespearese enamoran de Falstaff porque pronuncia la bendición laica: “¡Dadme vida!”. Hamlet, Yago, Lear y el Bufón, Edgar y Edmond, Macbeth: estos no son para nosotros los embajadores de la vida. Cleopatra lo es y no lo es; Bernard Shaw la denunció astutamente, y también a Falstaff,cuando expresó que lamentaba que la mente de Shakespeare fuera mucho menos amplia que la del creador de César y Cleopatra . Falstaff engendró a Hamlet, y el Príncipe Negro posibilitó la existencia de Yago y Macbeth.

Lo que los gnósticos denominan el pleroma , la plenitud, siempre acompaña a Falstaff. Hamlet se desvía irónicamente del gigante de la comedia, una desviación a la que Shakespeare responde de manera sintética con el perfeccionamiento del arte escénico en Medida por medida y Otelo . Si leemos juntas las dos obras, resultan una sinécdoque global del arte de Shakespeare como dramaturgo, se interprete como se interprete al duque Vincentio, ya sea como un benevolente entrometido o como un fastidiaobras tipo Yago. En el esquema revisionista que propongo, El rey Lear y Macbeth juntas son una kenosis radical, la destrucción del pleroma fasltaffiano. Una sublime compensación puede leerse en la respuesta daimónica de Shakespeare,Antonio y Cleopatra, el horizonte más lejano de su carrera, del cual se retira ascéticamente en Coriolano .

El cuento de invierno y La tempestad aparecen como un resplandor final, un candor siempre juvenil, lejano y sin embargo familiar cuando llega. Leontes, Hermione, Perdita y Autólico son una versión del final; Próspero, Ariel y Calibán son otra muy distinta. Falstaff le podría haber dicho muchas cosas a Autólico, pero poco o nada a Ariel. La tempestad es una orilla más salvaje que Cuento de invierno , y la obra más sorprendente de su poeta, que no será superada, su última y mejor comedia, y una extraordinaria despedida para el más revisionista de todos los escritores que han existido LA NACION

JON BILBAO

Jon Bilbao:

“He intentado tomar lo mejor de la novela y lo mejor de los relatos”

14/06/2011 por: Aviondepapel.tv

“Para mi última novela, Padres, hijos y primates (Salto de Página, 2011), he intentado tomar lo mejor de la novela y lo mejor de los relatos: una trama elaborada y personajes tratados en profundidad, aunque sin perder la contundencia y sobriedad del relato”, aseguró Jon Bibao (Ribadesella, Asturias, 1972). Padres, hijos y primates, según el autor asturiano, es un “thriller psicológico” ambientado en Méjico durante el paso de un huracán. El escritor, premio Ojo Crítico y Tigre Juan, confesó que es muy aficionado al cine y que dicha influencia se traslada a la escritura: “Me imagino a los personajes moviéndose por un decorado y yo voy detrás de ellos con una cámara, mostrando lo que hacen y dicen”. Sobre la mejor fórmula para afrontar un relato, el escritor de Ribadesella rememoró las palabras de uno de sus autores de referencia: “James Salter dice que para escribir bien hay que eliminar lo malo, luego lo regular y luego lo aceptablemente bueno. Es un consejo también aplicable a los relatos”, dijo Jon Bilbao en una entrevista digital para Lainformacion.com

ROBERTO ROW

RELATO INÉDITO ANÓNIMO

“La pareja abominable” -Juan Carlos Boveri-

Teníamos el rostro mojado. No sé si de llorar o de la lluvia, o de las dos cosas. Lo cierto es que no nos dimos cuenta de cuánto caminamos o dejamos de caminar, si avanzamos o retrocedimos. Permanecimos erguidos frente al cristal, alejados de esa duda pasajera que provoca el miedo y la adrenalina. Ambos sabíamos el fin de aquella morbosidad. ¿Qué necesitábamos saber más que éramos unos pobres ignorantes dueños de nada?. Ni siquiera el lodazal de la calle nos pertenencía.

Era una tarde de enero. Un enero lluvioso y fatigado, pero nos daba casi igual. Nos acometimos a una idea poco conocida, por primera vez. No la de pedir “por favor” o haraganear el resto de alguna comida, sino la de efectivamente producirla, accionarla, llevarla a cabo. Me escabullí entre las sillas hacia una baranda, rápidamente, y la atravesé sin esfuerzo. Ella sujetó al hombre por la espalda y le apuntó. Vacié la caja y me perfilé hacia la calle donde aun llovía. Adentro, entre gritos, pude escuchar el eco de dos disparos.

Me apresuré entre los charcos, buscando mi vehículo. Ella, detrás, corría lamiendo las gotas que surcaban su mejilla, y se reía. Yo la abracé y fingí comprenderla, pero no pude evitar preguntarle por qué lo había hecho. Ella ahora lloraba y necesitaba ocultarlo. La tuve entre mis brazos y la sangre de alguien chorreaba por mis piernas; tan tibia, tan sofocante. Su herida, era mortal.

Me pregunté muchas veces qué cosas ocurrieron tan perfectamente para llevarme a ser un delincuente, o qué cosas hice tan mal como para merecerlo. Como todos los hombres que algún día adquieren la suficiente conciencia para comprender sus atrocidades, yo he adquirido esa forma. Supe que el hombre muerto era mi padre, y la mujer mortalmente herida, mi abominable esposa.

Roberto Row.

Publicado bajo el seudónimo de Roberto Bagg, en febrero de 2005, para la revista TLON, Buenos Aires 

ESCRITORES DELINCUENTES

 Literatura a pluma armada

Ovejero y los escritores fuera de la ley

 

Sir Thomas Mallory, Cassady, Cervantes, Genet, Chester Himes, Karl May… son algunos de los escritores que cruzaron la frontera de la ley y José Ovejero ha decidido visitarlos en “Escritores delincuentes” (Alfaguara). Nos acerca a las circunstancias y trata de apuntar, sin voluntad de establecer juicios a favor o en contra, los muchos hilos que flotan alrededor de esas turbulencias que inevitablemente marcaron su tarea literaria. texto ANTONIO G. ITURBE

Por mucho glamour que se le quiera adjudicar al oficio de escritor, hay que rendirse a la evidencia: han salido muchas más grandes obras para la literatura universal de las cárceles que de los talleres de escritura o las academias. Ahí está la Balada de la prisión de Reading de Oscar Wilde, las Cartas de la cárcel de Céline o el mismísimo Quijote.

José Ovejero bucea en la zona más turbia de las vidas de algunos de los escritores más célebres. Tras la lectura queda claro que no es posible llegar a ninguna conclusión general porque cada caso encierra un pequeño mundo, aunque vale la pena no perder de vista una afirmación de González-Ruano que se recoge en el arranque del libro: “No merece la pena ser escritor si no le hacen caso a uno”. De todas formas, Ovejero nos invita a un recorrido que muestra un abanico de situaciones que llevaron a diversas plumas a ponerse, voluntaria o involuntariamente, de manera justa o injusta, al otro lado de la ley. Seguimos a Ovejero en la indagación de algunas de esas vidas de las muchas que radiografía en este libro que trata de ir un paso más allá de la biografía: no sólo pretende exponer sino también entender lo que sucedió. Muchos han intentado tapar su pasado, otros lo han olvidado, algunos lo incorporan a su vida y obra, bastantes lo superan, pero… ¿la mayoría se ha arrepentido? Hay una frase de Eddie Bunker (atracador antes de hacerse novelista, de quien la editorial Sajalín está recuperando sus títulos oportunamente) muy clarificadora: “Nadie es culpable para sí mismo”. He aquí algunas tipologías que nos sugiere la lectura de Ovejero.

William Burroughs Es uno de los iconos de esa generación Beat que quiso beberse la vida a tragos e incluso exprimirla para inyectarse el jugo por vía intravenosa. Burroughs tuvo muchos encontronazos con la justicia por sus excursiones al lado salvaje de la vida (sexo, drogas y descontrol) y condenas por narcotráfico y escándalo público. Pero se salvó de la más grande de todas: en circunstancias nunca del todo aclaradas, cuando tenía 37 años le metió un tiro en la cabeza a su esposa, Joan Vollmer. Ovejero, de manera sintética, centra muy bien lo que se conoce de ese episodio y también tira hilos que nos pueden ayudar a sacar nuestras propias conclusiones. Oficialmente, a ese yonki a perpetuidad que fue William Burroughs se le disparó accidentalmente una pistola en casa y la bala impactó en la cabeza de su mujer. Años después el propio Burroughs explicó que se trató de un juego a lo Guillermo Tell: ella sostuvo un vaso sobre la cabeza y él disparó. Asegura que apuntó a la parte superior del vaso. Falló. Ovejero nos pone en contacto con el narcisismo, el desequilibrio egoísta de Burroughs, la manera de bromear sobre ese incidente hacia el final de su vida, y uno ya no está muy seguro de a dónde apuntó este escritor tan apreciable de vida tan arrastrada. Dice Ovejero que “lo que más me atrae de Burroughs es su –al menos aparente– falta de compasión, hacia sí mismo y hacia los demás. Resulta fascinante alguien que nunca se siente obligado a justificarse”. Allá cada cuál con sus atracciones.

Álvaro Mutis Mutis es un autor capaz de escribir algunas de las páginas más hondas, brillantes y existenciales del siglo XX en sus novelas de Maqrrol, el gaviero. A la vez, en su vida personal ha sido un bon vivant y hedonista profesional, organizador de fiestas y gourmet. Realmente, después de leer sus libros, cuesta imaginarse al autor como a una persona frívola y todo puede deberse a un gran malentendido. Lo cierto es que Mutis salió (y no por piernas, sino en avioneta) de Colombia al ser acusado de malversar (o al menos malgastar) fondos de la empresa Standard Oil en la que ejercía de Relaciones Públicas. Unos dicen que Mutis utilizó el dinero para ayudar a disidentes políticos perseguidos y que fue un linchamiento político. Otros mencionan fantásticas cuchipandas organizadas por Mutis, como una en que llenó un avión de músicos y amigos para montar una juerga en las islas del Rosario. No son pocos los escritores que comieron a dos carrillos a costa de la Standard Oil. Ovejero recoge oportunamente unas palabras de García Márquez al respecto: “Mutis estuvo en la cárcel por un delito que disfrutamos muchos escritores y artistas, y que sólo él pagó”. Finalmente cumplió condena (rebajada) en México, país donde ya se quedó para siempre. Mutis, con su habitual ecuanimidad, ha venido a decir que ninguna de las dos versiones es la verdadera, aunque algo haya de ambas. Su paso de quince meses en la cárcel parece que atemperó la frivolidad de este hijo de diplomático, criado en buenos colegios de Europa y acostumbrado a la buena vida, que desde entonces ha sido autor de páginas de una altura extraordinaria.

Miguel de Cervantes Hay escritores que nacen estrellados. Tal vez por eso llegan a ser celebridades; lo vienen diciendo desde Aristóteles a Montero Glez: si no hay conflicto, no hay literatura. ¿Hubiera escrito Cervantes esa maravilla irónica, sarcástica, desmesurada, que chorrea vida y calle que es El Quijote si hubiera vivido en un palacete comiendo faisán en bandeja de plata? Cuando en 2005 se celebró el año del Quijote y se realizaron rimbombante homenajes a Cervantes en regias academias, con presencia de las máximas autoridades con sus mejores galas, uno se preguntaba si desde allá arriba Cervantes no se estaría partiendo la caja de la risa. Porque a él, en vida, los escritores académicos, representados por Lope de Vega, lo machacaron todo cuanto pudieron y las autoridades, en lugar de homenajes, lo que le dieron fueron palos a discreción. Ya de joven fue condenado a que le cortaran la mano derecha por participar en un duelo y tuvo que salir corriendo hacia Italia, autocondenándose al exilio. Después de alistarse en el ejército, fue apresado por los piratas berberiscos y paso cinco años encerrado en Argel. Las autoridades españolas, por las que había combatido, quedado inútil de la mano izquierda y luego secuestrado en un traslado, se desentendieron a la hora de reunir el dinero que reclamaban sus secuestradores. Después de regresar a España, bastante maltrecho, consiguió un empleo de esos que nadie quiere ni regalados: actuar como decomisador real. Era un empleo que levantaba mucho odio (algo así como ser inspector de la SGAE); el propio Ovejero cree muy probable que la acusación que lo llevó a la cárcel fuera una venganza. Se le acusó de haber revendido parte del trigo incautado para su beneficio. De haber sido así habría tenido holgura económica, cuando Cervantes estuvo siempre más tieso que un legionario pasando revista. La justicia no dejó de perseguirle, incluso por asuntos relacionados con las visitas “indecentes” que recibía su sobrina en el domicilio de los Cervantes, de las que él ninguna culpa tenía. Y, posteriormente, volvió de nuevo a la cárcel sin comerlo ni beberlo. Ejercía de recaudador de impuestos (otro oficio muy apreciado en la época) y tuvo la mala suerte de que el banco donde tenía depositado el dinero quebrara. Las cosas no eran como ahora y el que pringó fue el propio Cervantes, que acabó en la Cárcel Real de Sevilla en 1597. Pero, como no hay mal que por bien no venga, allí empezó a escribir sobre las andanzas de un hombre al que se le funde el cerebro leyendo novelas de caballerías y se va por las Españas a desfacer entuertos con una palangana en la cabeza a modo de yelmo.

Karl May Karl May llenó la juventud de varias generaciones con vibrantes relatos ambientados principalmente en los grandes espacios del salvaje Oeste (protagonizados por Old Shatterhand, aquí conocido como Calzas de Cuero) y también de Asia y África. Que Karl May ambientara sus novelas en lugares que no había pisado es algo habitual e incluso admirable. Lo hicieron Julio Verne y muchos otros. Pero Ovejero nos muestra cómo lo de Karl May era enfermizo: él mismo se retrataba en la fotografía de solapa de los libros ataviado como un explorador, aunque nunca hubiera pasado de la esquina de su calle. Era la punta de un iceberg, de un afán por el enmascaramiento. Antes de ser un escritor con miles de lectores había pasado por la cárcel por cometer diversos robos y estafas, siempre utilizando falsas identidades. Eso le supuso una primera condena de cuatro años. Al salir de prisión (donde empezó a escribir) se inventó un personaje de presunto policía que, con la excusa de perseguir billetes falsos, se apropiaba de los verdaderos a costa de la ingenuidad de los ciudadanos. Eso le costó otros cuatro años de condena. Cuando finalmente salió libre y empezó a ganarse la vida como escritor trató de borrar las pistas de su pasado y crearse una biografía nueva de hombre honesto a carta cabal, gran viajero y políglota (decía que hablaba cuarenta idiomas, cuando en verdad apenas chapurreaba un par). Incluso llegó a comprarse un título de doctor honoris causa por la universidad Germana-Americana de Chicago para desmentir a los que empezaban a acusarle de farsante. Curiosamente, el declive definitivo de May le sobrevino cuando empezó a contar la verdad. Con más de 60 años viajó por fin a esa América que tantas veces había descrito asegurando que todos sus personajes eran reales y los había conocido en persona. También pocos años antes había viajado a Oriente. De resultas de esos viajes vio que lo que él describía en sus libros era erróneo, así que empezó a dar un giro menos exagerado y pintoresquista. Y ésa fue la puntilla a una carrera ya en declive: los críticos serios ignoraron su enderezamiento y siguieron despreciándolo profundamente, mientras que su público quedó decepcionado por aquellas aventuras tan poco vistosas. Como colofón a su hundimiento, falló en el desesperado intento de salvar su imagen para la posteridad con una maquillada autobiografía donde se describía como un gran caballero y descalificaba a sus detractores por mentirosos y envidiosos. El libro fue secuestrado cautelarmente por un juez y May murió poco después.

Jeffrey Archer El poderoso Sir Archer al que Margaret Thatcher tenía en tan alta estima empezó trabajando de camarero, matriculándose en un academia de policía que abandonó al poco y encontrando su primer empleo estable como profesor de educación física en un colegio en Oxford. Ovejero prefiere no tratar cómo logró en tres años, gracias a su posición de entrenador de un equipo de muchachos con padres en la élite, ascender de manera rápida. Tenía encanto, ambición y una inusitada capacidad para construir patrañas. Se ofreció como captador de fondos para Oxfam y logró que los Beatles visitaran Oxford. Ahí encontró un filón: defender asociaciones humanitarias le permitía aparentar una elevada moral, conocer gente de alto estatus y alimentar su imagen de persona eficiente. Después llegó un puesto de concejal, un matrimonio con una mujer de clase alta y un ascenso en el partido conservador. Durante su estancia en el Ayuntamiento, sus hojas de gastos eran prodigiosamente imaginativas: no sólo aprovechaba las suyas, sino que rebañaba las de otros colegas municipales para hincharlas de gastos ficticios y luego les daba una comisión. De esa manera, ganó dinero y amigos. Y con esas habilidades llegó a diputado, claro. Ovejero destaca momentos brillantes defendiendo causas progresistas junto a meteduras de patas propias de quien actúa de manera intuitiva, siempre hacia adelante. Trató de sacar ventaja de su información privilegiada en una millonaria inversión en acciones que resultó un fraude y casi lo arruina. Al verse sin dinero se le ocurrió una manera de obtener ingresos: escribir novelas. Los editores británicos que recibieron el manuscrito de Ni un centavo más, ni un centavo menos (maniqueo, descaradamente comercial y plagado de faltas de ortografía) lo rechazaron. Pero en Estados Unidos vieron el filón y lo publicaron. La Warner compró los derechos para el cine y sus siguiente novelas tuvieron una espectacular difusión. En Reino Unido fue nombrado Lord, pero su carrera política estaba en la cuerda floja por la gran cantidad de asuntos oscuros de su pasado. El diario The Star sacó a la luz su relación con una prostituta y Archer (siempre hacia adelante) lo demandó. Manipuló su coartada, pagó a un par de testigos y arregló las pruebas de manera que The Star fuera condenado a pagarle una indemnización millonaria. Pero el ambicioso Archer quiso seguir subiendo: se codeaba ya con Thatcher y John Major. Demasiado en el ojo del huracán para que no aflorasen los cadáveres sumergidos. Terminó apareciendo su exsecretaria explicando cómo le mandó destruir su agenda antigua y confeccionar una nueva cambiando las fechas para justificar su coartada en el asunto de la prostituta y todo se empezó a desmoronar. Fue condenado a cuatro años por perjurio y obstrucción a la justicia. Archer clamó contra la manera en que la injusticia se cebaba contra él. “Uno no sabe si es un caso de cinismo exacerbado o realmente llega a creerse sus propias historias”, afirma Ovejero.

Anne Perry Éste es el caso más terrible de los muchos que relata Ovejero. Y, probablemente, el que esté expuesto de manera más compleja, porque el asunto se las trae. Aunque la historia es conocida (la película Criaturas celestiales, no especialmente memorable, hizo muy popular el suceso), él nos la cuenta desde el principio y desde diferentes puntos de vista. Todo se remonta a los años 1950, cuando se hacen amigas en un colegio de Christchurch (Nueva Zelanda) las adolescentes Julie Glamuzina y Alison Laurie. Juliet tiene unos padres que gozan de buena posición y rápidamente empatiza con Alison, cuya familia es de clase algo más modesta. Su relación se hace muy estrecha, al parecer incluso deriva en relación amorosa. Los padres de ambas deciden separarlas y Juliet va a ser enviada a Sudáfrica con la excusa de su mala salud. Pero, antes de que eso suceda, una tarde la madre de Alison se agacha en el parque a recoger un amuleto del suelo, recibe un contundente golpe con un ladrillo en la cabeza y es rematada en el suelo. Las autoras del crimen han sido Alison y Juliet. Tras un juicio muy mediático, las niñas ingresan un tiempo en prisión y son puestas en libertad con la condición de no volver a verse nunca más. Juliet se casó con Walter Perry y se hizo escritora. Las novelas (de crímenes, por cierto) de Anne Perry son muy populares y ella, una escritora muy bien considerada. Respecto a aquellos sucesos de adolescencia no ha aclarado mucho: “Anne Perry afirma haber olvidado casi todo lo que sucedió los días previos al asesinato y que sólo tiene recuerdos nebulosos del juicio”. El paradero de Pauline sigue siendo una incógnita.

CESARIA EVORA

Cesaria Evora, muerte de un mito de la música.

19/12/2011 0:01 Johari Gautier Cultura

 

La muerte de Cesaria Evora el pasado sábado 17 de diciembre ha conmocionado los amantes de la World Music. Más que una cantante con éxito, era un mito de la música africana y del mestizaje. Era para todos un símbolo de combatividad y superación. La imagen alegre y constante de África. Tan fuerte e incansable que parecía inmortal. Sin embargo, Cesaria Evora murió el pasado sábado 17 de diciembre a los 70 años en el país que la vio nacer: Cabo Verde.

Antes de convertirse en una de las personalidades africanas más conocidas de las últimas décadas, Cesaria empezó a cantar en la plaza principal de su ciudad (Mindelo), acompañada de su hermano saxofonista. Se dedicaba a componer canciones y a darles vida con actuaciones llenas de imaginación. Estos inicios marcaron el futuro de una cantante que no dejó de pensar en los más pobres de su país y en las condiciones precarias en las que se trabajaba. Hija de una cocinera y un violinista, Cesaria Evora tuvo una vida difícil antes de conocer su primer gran éxito. Ya en su infancia tuvo que pasar tres años en un orfanato público. Luego, a los 16 años empezó a cantar en bares y hoteles, y, más adelante, con sólo veinte años, trabajó como cantante para la Compañía de Pesca de Cabo Verde, viviendo de salarios pésimos e inconstantes.

La dura crisis que advino tras la independencia de su país la sumió en unos “años oscuros” en el que el alcohol se presentó como un paliativo. Sin embargo, todo cambió en el año 1988 con la grabación de su primer disco. Ese logro le permitió exponer nuevamente su voz cálida y esa emoción que la caracterizaban, y trabar nuevas amistades. En 1992, la grabación del álbum “Miss Perfumado” en Paris la proyectaron a los más grandes escenarios europeos y americanos. La “Diva de los pies descalzos”, apodo que se ganó por su costumbre de aparecer descalza en los escenarios y así recordar a los pobres de su país, recibió las aclamaciones de los críticos que veían en su música una armoniosa y nostálgica mezcla de géneros. El fado portugués, la modinha brasileña, el tango argentino, el zouk de las Antillas francesas y el lamento angoleño eran algunas de las influencias que marcaban sus melodías y ritmos. “Se ha ido una de las cantantes más activas e influyentes de África. La Mamá África” Las temáticas sociales e históricas que abordada Cesaria Evora, en su mayoría relacionadas con el aislamiento de su país, la pobreza y la esclavitud, también le valieron el reconocimiento por su compromiso.

En el año 2004, la cantante ganó el premio Grammy al mejor álbum contemporáneo de World Music y en 2007 el presidente francés Jacques Chirac le entregó la medalla de la “Legión de honor”. Cesaria mostró una salud indoblegable al emprender largas giras por Asia y América. Además, la “Diva de los pies descalzos” logró concretar grabaciones con otros grandes cantantes del escenario musical como Caetano Veloso, Salif Keita, Compay Segundo, Chucho Valdés y Pedro Guerra. En los últimos meses, Cesaria Evora había mostrado complicaciones de salud. En septiembre canceló todas sus actuaciones y en mayo del año 2010 fue objeto de una operación a corazón abierto. Así pues, se ha ido una de las cantantes más activas e influyente de África. La Mamá África. Una mujer de eterna juventud. Nos ha dejado huérfanos de una música que quedará para siempre marcada en las memorias y los corazones.