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LITERATURA VISUAL

Vuelo hacia una literatura visual

01/01/2008 por: Aviondepapel.com

Los primeros vuelos literarios acaban en aterrizajes forzosos llenos de abstracciones. El piloto entra en la cabina del avión y se sienta frente a un cuadro de mandos lleno de lucecitas de imaginación y de manivelas de prisas que desembocan en sustantivos y verbos abstractos, en lugar de contar y atrapar mil palabras con una imagen empática.

Al piloto le entra vértigo de mirar hacia la literatura visual desde lo alto de la cabina, tanto que no cuenta su historia, sino que la explica y la llena de reflexiones, sin mostrar en una escena las manías del personaje, sus obsesiones, su entorno.

Los vuelos previos están sobrecargados de verbos sin contenido, en lugar de verbos de acción; los primeros párrafos deben llenarse de objetos y colores, de acciones y detalles peculiares que hagan que el lector sobrevuele la ficción contada.

Tal y como lo narra la metáfora de Michael Ende en Una historia interminable, donde su protagonista era absorbido por el libro mientras leía. Así deberían ser los textos literarios, así tiene que sentirse el lector: entusiasmado por la lectura, con el piloto automático puesto y volando ante el placer de la ficción.

La literatura es un arte dirigido al sentido de la vista para evocar mediante palabras lo que no se escucha, lo que no se huele, lo que no se saborea. El discurso visual atrapa con palabras, entra por los ojos y se derrama por el resto de sentidos.

“Mientras cose, una madre descubre que su hijo ha madurado”. Esta reflexión no es literatura. Todos los manuales de futuros escritores recogen una escena de Cien años de Soledad, de Gabriel García Márquez, quien muestra -no explica- cómo una madre descubre un día cómo su hijo abandona la pubertad. El escritor colombiano nos regala este fragmento mágico lleno de objetos, acciones y sensaciones:

“Sentada en el mecedor de mimbre, con la labor interrumpida en el regazo, Amaranta contemplaba a Aureliano José con el mentón embadurnado de espuma, afilando la navaja barbera en la penca para afeitarse por primera vez. Se sangró las espinillas, se cortó el labio superior tratando de modelarse un bigote de pelusas rubias, y después de todo aquello quedó igual que antes, pero el laborioso proceso le dejó a Amaranta la impresión de que en aquel instante había empezado a envejecer: -Eres idéntico a Aureliano cuando tenía tu edad -dijo-. Ya eres un hombre”.

Las personas estamos acostumbradas a la imagen, porque se acerca y asemeja a la realidad y porque apenas exige contarla. Sin embargo, las palabras se asocian a los objetos tangibles que designan y por su ambigüedad, o por su contenido abstracto, no siempre muestran la realidad concreta a la que está acostumbrado el lector.

El cuento resuelve con palabras este problema, dado que de manera breve crea una ecuación literaria perpetua: a menor extensión mayor intensidad.

Julio Cortázar dedicó a Antoni Tàpies un cuento llamado Graffiti en el que el autor argentino muestra la desesperación y angustia de su personaje ahogado en ginebra. Cómo lo cuenta y con tal brevedad es uno de los regalos de la literatura:

“Volviste al alba, después de que las patrullas ralearon en su sordo drenaje, y en el resto de la puerta dibujaste un rápido paisaje con velas y tamajales; de no mirarlo bien se hubiera dicho un juego de líneas al azar, pero ella sabría mirarlo. Esa noche escapaste por poco de una pareja de policías, en tu departamento bebiste ginebra tras ginebra y le hablaste, le dijiste todo lo que te venía a la boca con otro dibujo sonoro, otro puerto con velas, la imaginaste morena y silenciosa, le elegiste labios y senos, la quisiste un poco”.

Grafitti, en Queremos tanto a Glenda, de Julio Cortázar.

Así es, la estrechez de las ficciones crea intensidad en la historia narrada, y si no, no hay más que recordar aquellos cuentos maternales antes de acostarnos en los que parecía que estuviéramos viviendo las andanzas de Caperucita Roja y del Lobo Feroz, del Gato con Botas y del marqués de Carabás.

Esta es una de las grandes herramientas del oficio de escritor, sobrevolar la literatura con una buena visibilidad de palabra: personajes y lugares llenos de detalles peculiares, pequeñas acciones en menoscabo de las reflexiones, objetos cromáticos y palpables, párrafos llenos de olores y sabores.

Después de un vuelo previo, el buen aviador revisa sus textos con la ilusión de atrapar al lector en una imagen evocadora, sin la necesidad de mil palabras, de mil reflexiones. Con la certeza de pilotar con visibilidad.