DE CERCA, NADIE ES NORMAL

Me gusta disponer de una campana de aire a mi alrededor. No me agrada esa gente que se aproxima demasiado al hablar. Se trata de una formulación simple que me lleva a una reflexión. Hay personas que invaden el espacio vital del interlocutor, le echan el aliento e incluso algún perdigonazo que otro, avanzan incansables obligando al otro a recular hasta acorralarlo contra una pared o arrimarlo hasta el borde de un precipicio y, cuando lo han colocado en una situación límite en la que todo indica que aquello no puede empeorar, le echan a uno la mano encima, le palmean la espalda sin ninguna clase de consideración, le zarandean el brazo o le soban los riñones, como si estuviesen estudiando al tacto la mercancía con la que más tarde piensan comerciar.

Esos asediadores profesionales actúan con tal convicción y naturalidad que pueden llevar a pensar a su víctima que sufre alguna carencia afectiva por la que rechaza el contacto directo con sus semejantes. Si el acosado se siente con bastante presencia de ánimo, es el momento de racionalizar para distinguir entre el roce buscado y deseado, y el tocamiento impuesto; es también la ocasión de sacar fuerzas de flaqueza y gritarle al agresor que lo que necesita es una de esas pelotitas de goma que tanto ayudan a relajarse mientras uno las manosea y las soba hasta aburrirse, uno de esos juguetes con los que a menudo se distraen las mascotas.

Pero si lo que ocurre es, como sucede habitualmente, que la presa queda inmovilizada igual que si le hubiesen inoculado una sustancia paralizante, siempre se puede recurrir a estudiar al enemigo en la distancia corta y observar que la piel de sus carrillos presenta unos poros como cráteres, rellenos de una sustancia negruzca muy desagradable; que de sus orificios nasales asoman unos pelos más que antiestéticos; que las ojeras se le han quedado a mitad de camino entre las bolsas y el plisado jurásico; que la frente es un campo roturado por un arado profundo de cuatro dientes; en fin, que nada casa con nada, que la armonía no es más que un deseo incumplido y que, de cerca, nadie es normal.

Con un poco de suerte, para cuando el acorralado haya acabado con su evaluación, el asediador también habrá terminado con su discurso, y la autoestima del primero habrá salido fortalecida de su confrontación con esa anomalía de la naturaleza. ¿Venganza fortuita? No, no se trata de un episodio de héroes y villanos, sino de pura supervivencia cotidiana.

© E.Z. 20 enero 2012

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JUAN GABRIEL VÁSQUEZ

El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez

Ramón Molinares Sarmiento (Letralia 259)

Suponen algunos estudiosos que, antes de adquirir su forma definitiva, La Ilíada estuvo alimentándose de noticias que venían de lejos en navíos y seguían luego su marcha en burros y caballos hasta llegar a las plazas de los pueblos griegos, en donde la gente, analfabeta en su mayoría, escuchaba con asombro los relatos en verso de la guerra de Troya.

Esta suposición nos hace pensar en las dificultades que, para suscitar el asombro que requiere toda obra literaria, enfrenta el novelista de hoy que aborda temas de nuestro tiempo, pues ya no se dirige a oyentes analfabetas sino a televidentes y lectores de periódicos que saben lo que está ocurriendo en los extremos del planeta en el mismo instante en que se producen los hechos. ¿Cómo asombrar al lector con noticias que ya conoce? “Cada vez es más complicado”, dice Fernando Quiroz en un texto reciente, “sorprender a alguien en este mundo en el que casi todo se sabe, casi todo se comenta, casi todo se recrea”.

El ruido de las cosas al caer, novela de una gran exactitud histórica y geográfica, narra acontecimientos ocurridos en Colombia en el último cuarto del siglo XX, bien conocidos por la prensa de todo el mundo, pero esta obra de Juan Gabriel Vásquez nos hace recordar una vez más la notable diferencia que existe entre el lector de periódico y el lector de novela, género literario en el que la información viene mezclada con sentimientos que necesariamente rehúyen tanto el historiador como el periodista: el que lee un periódico acumula información sin dejar de ser él mismo; el que lee novela, atrapado por la ilusión novelesca, deja de ser él mismo para ver el mundo de la ficción con los ojos del autor.

Confieso que, sin darme cuenta, sin detenerme a pensar, sin reparar en que los hechos objeto de la narración me eran conocidos, el autor de El ruido de las cosas al caer secuestró mi conciencia, me tomó de la nariz, como suele decirse, y me llevó a través de las páginas de la obra hasta ese capítulo final, que es como un diamante engastado al término de la fabricación de una joya, elaborada con los más preciosos artificios de la literatura. Como La historia secreta de Costaguana, otra novela de Vásquez, que parte de las primeras guerras civiles del siglo XIX hasta llegar a la separación de Panamá en 1903, El ruido de las cosas al caer se ocupa de las últimas décadas del siglo pasado, como he dicho, con personajes que recuerdan, necesarios para la comprensión de la historia que se cuenta, acontecimientos como el accidente de aviación de Santa Ana, en el que murieron 75 personas, ocurrido el 24 de junio de 1938, durante una ceremonia militar realizada en honor de Alfonso López Pumarejo, presidente saliente, y de Eduardo Santos, que lo reemplazaba.

Deslumbrante es la belleza de la descripción del vuelo de los aviones en la exhibición militar de Santa Ana; tan bella es, que deja en el lector una impresión más fuerte y duradera que la que produce la lectura de textos especializados en accidentes de aviación. El ruido de las cosas al caer nos remite a acontecimientos colombianos registrados con estupor en los televisores de todo el mundo. Asistimos en esta novela a la muerte de Lara Bonilla, el primer enemigo público del narcotráfico y el primer asesinado por sicarios en moto, con el que, según el autor, se da comienzo a todas las desgracias del último cuarto del siglo XX en Colombia; al crimen de Luis Carlos Galán en una tarima de proselitismo político; a la dolorosa muerte de don Guillermo Cano; a la bomba que destruyó el frente del edificio del DAS; a la explosión del avión de Avianca que cubría la ruta Bogotá-Cali, en el que Pablo Escobar creyó que viajaba el presidente César Gaviria; a la muerte de Escobar en el techo de una casa de Medellín; a la presencia de jóvenes de los famosos Cuerpos de Paz, algunos corrompidos por el narcotráfico; y, entre otros muchos acontecimientos, al vuelo 695, médula de la obra, que se estrelló cerca de Tuluá en diciembre de 1995.

A todo esto se refiere El ruido de las cosas al caer, pero esta no es, como diría Orhan Pamuk, citado por Vásquez en una de sus conferencias, la novela que simplemente ilustra unos episodios ingratos de la historia reciente de Colombia, sino una obra que examina la dimensión histórica de la existencia humana. Los acontecimientos narrados son, pues, muy bien conocidos por los colombianos mayores de treinta y cinco años; lo que con su imaginación y experiencia personal le agrega Vásquez a este periodo de la historia es cómo esos hechos, enlazados unos con otros, acabaron por configurar lo que llaman algunos el destino trágico del colombiano de hoy. Los muertos por balas perdidas, el que muere al paso de un burro-bomba o al paso de un muchacho que está en la calle entrenándose para matar, no son en realidad el resultado de la acción de ese camello ciego, inocente y cruel, que es el destino. En Colombia no hay inocentes, nos dice el narrador, sin necesidad de añadir que todos somos culpables, que son las circunstancias que hemos creado las causantes de todo lo que ocurre.

Menos que los hechos históricos, a Vásquez le interesan sus terribles consecuencias en la vida íntima de las personas, como las padecidas por Maya Laverde, a quien su madre le hace creer a los cinco años de edad que su padre ha muerto, y le hace saber más tarde, a los veinticinco, que su progenitor está vivo y quiere verla. Esta amarga información la hace pasar del asombro a la indignación, al llanto, a un cambio brusco en esa existencia suya ya habituada a la resignación y la soledad. Dolorosa es esta confesión de Maya: “Y las familias que se quedaban esperando en Colombia tenían que decirles algo a los niños, ¿no? Así que mataban al padre. El tipo, metido en una cárcel de Estados Unidos, se moría de repente sin que nadie hubiera sabido que ahí estaba. Era lo más fácil, más fácil que lidiar con la vergüenza, con la humillación de tener una mula en la familia. Cientos de casos como este. Cientos de huérfanos ficticios, yo era un caso solamente. Eso es lo bueno de Colombia, que uno nunca está solo con su destino”. ¡Qué consuelo!

La trama, el deslumbrante orden en que están dispuestos los episodios de El ruido de las cosas al caer, pueden darle al lector la impresión de estar frente a una arquitectura colosal, construida sobre planos cuidadosamente elaborados. Soberbia es la manera como convergen y se atan en el último capítulo los hilos de la novela: de la caja negra que nos revela los detalles del accidente de Tuluá en 1995, salen también, ante el asombro del lector, los pormenores que desvelan la tragedia padecida por los protagonistas. Sorprendente, por no decir genial, es el contrapunteo que se establece entre la información de la caja negra y la que va saliendo a cuentagotas de los labios de Maya Laverde, en cuyo corazón atormentado se agitan y resuelven las fuerzas en conflicto de la obra. El ruido de las cosas al caer puede leerse como una novela policiaca. En este género literario el autor formula un enigma que debe ser resuelto al final: ¿quién es ese señor tan callado, entrado en años y de recursos escasos, que juega billar en las tardes con el joven narrador y es muerto sin causa aparente por sicarios en moto en una calle del barrio La Candelaria de Bogotá?

La averiguación, como era de esperarse, nos lleva a los motivos de su muerte, que no sorprenden, que no pueden sorprender a un colombiano habituado a las mafias del país. Lo que a medida que avanza la investigación asombra al lector es el descubrimiento súbito de estar leyendo una novela de amor. El desaliñado y misterioso Ricardo Laverde es de una capacidad de amar inagotable, afortunadamente bien correspondida por la norteamericana Elain Fritts, que llegó a Bogotá como miembro de los Cuerpos de Paz. Fueron tan felices con su única hija durante los primeros cinco años de matrimonio, que no vacilaron en el reencuentro cuando, veinte años después de una separación abrupta e indeseable, se les presentó la oportunidad de planearlo. Pero el azar, lo imprevisible, el destino o como quiera que se llame eso que trunca los proyectos felices de los seres humanos, no lo consintió. No pudieron volver al pasado; la vida, el amor, la felicidad, son frágiles, más aun en la Colombia que les tocó vivir. Todo se les derrumba cuando se sienten próximos a la cumbre de la dicha, lo que, como en la tragedia clásica, hace más penosa la caída.