LA VANIDAD LITERARIA

La vanidad literaria

JAVIER GOMÁ LANZÓN 21/01/2012 ,  www.elpaís.com

Me encuentro con un amigo quien por convicción o por compromiso empieza a dedicar palabras amables a un artículo mío reciente. Los elogios suenan a gloria en mis oídos pero yo niego con la cabeza y hago un gesto con las manos como rogándole que pare, que no siga, que sus lisonjas son excesivas y me hacen sonrojar. Entonces la conversación salta con naturalidad, por pura asociación, a otro tema y de éste a otro más distante aún, y siento una punzada en el pecho. Ya estoy echando de menos más alabanzas. Pero el otro no se percata de la ansiedad que me invade y, tan confiado el hombre, sigue perorando sobre materias que, honradamente, ya ni escucho. Yo, que hace unos minutos afectaba modestia, ahora estoy dispuesto a mendigar un encomio más al precio que sea. El amigo parece haber perdido interés en mi artículo, antes tan ensalzado, así que tengo que ser yo mismo -¡parece mentira!- quien haya de recordar al ingrato el hilo perdido: “Así que me decías que te gustó mi artículo…”.

Ay, la vanidad literaria. Muchos la censuran, condescendientes. Vale la pena ensayar su apología, puesto que la conozco en primera persona. No soy el único. Hume escribe en su Autobiografía: “Ni siquiera el ansia de fama literaria, mi pasión dominante, ha agriado en ningún momento mi carácter, a pesar de mis frecuentes desengaños”. Su Tratado de la naturaleza humana (II, I, 11) dedica un capítulo al ansia genérica de fama, pero no se refiere a las singularidades de la literaria, donde la sed de reconocimiento alcanza perfiles neuróticos. En cambio, en La norma del gusto, otro ensayo suyo, ofrece una pista. Dada la evidente diversidad de juicios estéticos en la historia, en los pueblos y aun dentro de una misma sociedad, ¿dónde hallar la regla que sirva para discernir con algún fundamento la belleza de una obra artística? Responde Hume que no hay otro criterio que el veredicto unánime de jueces con gusto delicado, libres de prejuicio, dotados con capacidad de comparación y auxiliados por una práctica constante. A falta de otros expedientes mejores, la única forma de conocer el valor de la obra literaria que uno produce es, en consecuencia, procurarse la aceptación de los demás.

En las ciencias de la naturaleza, el conocimiento es objetivo. El científico formula una hipótesis y ofrece una demostración empírica de ella. Es requisito indispensable que cualquier persona pueda repetir el experimento en su laboratorio con idéntico resultado si reproduce las condiciones establecidas. La comunidad científica ha de admitir al final, superando los posibles intereses creados, esta nueva verdad positivamente contrastada. Precisamente por su carácter verificable, el conocimiento de esta clase es acumulativo. Hoy sabemos acerca de la naturaleza física o biológica mucho más que hace un siglo, incomparablemente más que hace un milenio. Y en la medida en que el conocimiento progresa, los avances más modernos despojan de validez a los descubrimientos científicos anteriores. El elemento de la ciencia es el presente y el futuro mientras que cada nuevo hallazgo convierte de golpe el pasado en arqueología.

La historia de la ciencia se resume en la historia de ilustres falsedades o de verdades a medias superadas o completadas por otras posteriores. ¿A quién, fuera del historiador, le interesa un estadio primitivo de la teoría cuando ya dispone de su forma más perfecta? Tiene el mismo atractivo que el iPad 1 cuando ya está a la venta el iPad 3. De lo anterior no se sigue que los científicos estén libres de vanidad; como todos los hombres, quieren fama y reconocimiento, y algunas querellas en la tetera científica han sido muy resonantes. Pero la vanidad -la aceptación ajena- es en este caso achaque de los científicos, no de la ciencia, la cual dispone de otras formas más seguras de sancionar y jerarquizar sus progresos.

En el ámbito literario, en cambio, la historia no es acumulativa. ¿Es superior Tolstói a Goethe, éste a Shakespeare, éste a su vez a Dante, Virgilio y Homero? La obra de uno de ellos no anula la validez de la anterior ni la reemplaza. El espíritu artístico no progresa -como lo hace el relevo que se traspasan de mano en mano los atletas- sino que deviene, y sus obras maestras, aun las más antiguas, disfrutan todas de una actualidad simultánea. Aquí la categoría de progreso no es explicativa. Y no lo es porque carecemos de un criterio objetivo que determine la verdad literaria. ¿Ha sido sometido Platón a un experimento científico que advere la exactitud de sus proposiciones filosóficas? No. ¿Dónde reside, pues, su verdad? En que durante generaciones y generaciones, hasta hoy, la lectura de los Diálogos ha resultado fecunda para muchos. La función que tiene en las ciencias el laboratorio la cumple en la literatura el consenso.

El sacerdote belga Lemaître fue el primero en demostrar la expansión del universo pero hemos leído recientemente que cuando conoció que el astrónomo norteamericano Hubble había llegado a idénticas conclusiones por su cuenta, aunque más tarde que él, se desentendió de su descubrimiento. Para el bueno de Lemaître la verdad objetiva era lo sustantivo; quién la enuncia primero -y el reconocimiento por sus colegas de esa prioridad-, lo adjetivo. Esto es impensable entre nosotros, los literatos, porque el valor intrínseco de lo que producimos lo concede en exclusiva la sociedad a través de sus incontrolables y difusos consensos trenzados alrededor de nuestro nombre. Vivimos en un ay pendientes de la opinión ajena y mendigamos desvergonzadamente el aplauso porque en esta aprobación se revela la verdad de nuestra obra incluso ante nosotros mismos. Sé indulgente, lector, con la vanidad literaria, esa pasión dominante. Si tenías pensado elogiar algo mío, hazme llegar tu opinión sin tardanza por tierra, mar o aire. Cuando amague un gesto de fingido recato, no te dejes llevar por las apariencias. Tú sigue y sigue. Me va la vida en ello.

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MEGAUPLOAD

Sábado, 21 de enero 2012

La Vanguardia.com

El dueño de Megaupload, un millonario amante de los coches, las mujeres y las mansiones

En Nueva Zelanda le describen como un millonario extravagante

 El abogado del caso Lewinsky defenderá al fundador de Megaupload /¿Qué pasará con los archivos personales y legales de Megaupload?  /El cierre de Megaupload: ¿Otra vez SOPA?  /Nueva Zelanda envía a prisión al fundador de Megaupload  /Anonymous piratea la web del Departamento de Justicia de EE.UU.  /El FBI cierra la web Megaupload en una operación antipiratería Sídney / Barcelona (Redacción y agencias).- 

El fundador de MegaUpload, Kim Schmitz o Dotcom, acusado por Estados Unidos de dirigir el mayor portal de piratería informática desde Nueva Zelanda donde está detenido, es descrito como un millonario extravagante.

Schmitz, alemán de nacimiento y que desde hace un año tiene carta de residencia en este país oceánico del que ha surgido algún que otro habilidoso hacker, es conocido por Kim Dotcom, Kimble o Kim Jim Vestor, sus alias preferidos. A sus 37 años, Kit Dotcom está incluido por la prensa local en el grupo de diez personas más ricas de Nueva Zelanda y considerado un apasionado de los coches de lujo, las mujeres y de las mansiones. Ese entusiasmo por las villas suntuosas impulsó al emprendedor Dotcom a intentar adquirir sin éxito y por 25 millones de dólares (19,3 millones de euros al cambio de hoy), la vivienda de Coatesville que al final alquiló para resarcirse de la desilusión que sufrió al no poder comprarla a causa de las trabas que le puso la Administración neozelandesa. En Catalunya no es un extraño. Lleva años participando en la Gumball 3000, la carrera de coches de lujo que recorre parte de Europa. En vídeos colgados en YouTube se le puede ver hablando de sus encontronazos con los Mossos d’Esquadra en 2004. Kim se sorprende en uno de los instantes del vídeo de no poder sobornar a la policía autonómica catalana, que le impuso una multa de 315 euros por conducción temeraria cerca de Barcelona. Logró ganar la carrera en 2001.

Poco dado a relacionarse con extraños, Dotcom solía salir poco de su mansión de las afueras de Auckland y cuando lo hacia era con escolta y en alguno de los lujosos automóviles que colecciona, desde un Rolls Royce descapotable a un Cadillac de 1950 de color rosa. A pesar de la decepción, Dotcom invirtió después unos 8 millones de dólares (6,1 millones de euros) en la adquisición de bonos del Tesoro y, según la prensa, donó una cantidad indeterminada de dinero para asistir a los damnificados por el terremoto que sacudió Christchurch en febrero de 2011. Al fundador de MegaUpload, Megavideo y Megalive, filiales de su grupo Megaworld con sede en Hong Kong, le ha gustado rodearse en sus apariciones públicas de bellas modelos contratadas y jugar al golf en los verdes campos de Nueva Zelanda, país que para él es “un raro paraíso en la Tierra”.

En 2001, siendo aún Schmitz, gastó 375.000 dólares (290.000 euros) en la compra de acciones del portal de ventas en internet “LetsBuyIt” cuando este se encontraba al borde de la quiebra. Y, tras anunciar una inversión de 50 millones de dólares (38 millones de euros), que no hizo, el precio de las participaciones subieron como la espuma, tanto que al venderlas se embolsó por estas 1,5 millones de dólares (1,16). Por el negocio fraudulento, fue detenido en Tailandia, deportado a Alemania y condenado a 20 meses de cárcel y una multa de 100.000 euros (129.000 dólares). Dotcom, para quien un tribunal de Auckland ha decretado prisión preventiva a pesar de que sostiene que no tiene “nada que ocultar”, afronta una pena de hasta 55 años de cárcel en el caso de que sea deportado a Estados Unidos y declarado culpable de los delitos que las autoridades de este país le imputan.

Para la justicia de Nueva Zelanda este no es el primer caso de piratería informática a gran escala, ya que, en 2008, juzgó a Owen Thor Walker, un joven “hacker” que fue acusado de ayudar a una red delictiva a infiltrarse en 1,3 millones de ordenadores de medio mundo. Walker, quien por entonces tenía 18 años y sufría el síndrome de Asperger, una forma leve de autismo, se declaró culpable de desarrollar el virus con el que en la red robó unos 20 millones de dólares (15,4 millones de euros) de cuentas bancarias, pero el tribunal retiró los cargos y fue puesto en libertad.