ENTREVISTA A PAUL AUSTER

  “La escritura es una compulsión o una enfermedad” Paul Auster

Amenazado de muerte, resistiendo gracias a sus lectores, el diario español Público sigue dando batalla y mostrando su importancia en el mundo editorial de habla hispana. Por ejemplo, la extensa entrevista que Alex Vicente, desde Nueva York, le hace a Paul Auster a propósito del libro Diario de invierno editado por Anagrama, primero en digital y luego en versión impresa (a partir de febrero) y que aún no ha sido publicado en Estados Unidos.

Algunas preguntas:

La meteorología es uno de los temas recurrentes en el libro. ¿Le afectan los cambios de tiempo y de estación?

Soy muy sensible al tiempo, como la mayoría de gente. El tiempo es un tema neutro del que habla todo el mundo, en todos los rincones del planeta, porque no requiere una conexión emocional con tu interlocutor. Y, al mismo tiempo, diría que existe algo más profundo al respecto. El tiempo es una de las pocas cosas que el ser humano no puede controlar. Es el universo el que decide si brillará el sol o si caerá una lluvia torrencial. Hablar del tiempo es algo que nos une como especie. Es como decir: “Yo soy humano y tú eres humano”.

Expone su intimidad con una valentía infrecuente para un escritor de su estatus. ¿No era reticente a contar tanto?

No me daba ningún miedo ser honesto. Todos somos seres humanos y mis experiencias son como las de cualquiera. Incluso la pérdida de mi virginidad en ese lúgubre burdel neoyorquino que describo en el libro. A mí me parece una historia bastante cómica, con la que seguro que muchos lectores se identificarán. Cuando practicas sexo por primera vez, eres un crío que ni siquiera sabe dónde queda cada cosa. Es algo que cuesta un tiempo aprender [risas]. De lo que estoy hablando es de lo que se siente al estar vivo. No creo que mi historia sea tan diferente.

Pues, a ratos, se diría que pretende celebrar una existencia que no acaba de ser tan corriente como las demás. ¿Está de acuerdo?

No escribí este libro para vanagloriarme sobre lo que he vivido. No tiene nada que ver con eso. De verdad, mi vida no ha sido excepcional. Lo que ha sido es afortunada. No he conocido la guerra. Mi ciudad nunca ha sido bombardeada o invadida. Nadie ha matado a mis padres con un fusil en medio de la calle. No he sido víctima de una plaga o epidemia. Me he podido ahorrar todas las cosas que son capaces de arruinar una vida. (…)

Entonces, ¿no lo considera una autobiografía en sentido estricto?

Son fragmentos autobiográficos, pero no se trata de un relato preciso sobre toda mi existencia. ¿Que por qué elegí mi cuerpo como hilo conductor? Supongo que me pareció interesante. Me dije que nunca había leído un libro como este. Sé que eso no lo convierte automáticamente en un buen libro [risas]. Pero me pareció que, por lo menos, sería distinto. Hacía unos diez años que pensaba en escribir algo así, más o menos desde que sufrí un ataque de pánico en la cocina. Me di cuenta de que ese ataque formaba parte de una historia más larga en la que me apetecía indagar. Fue una experiencia muy violenta. Resultó aterrador que mi cuerpo me pudiera hacer algo así sin previo aviso. Cuesta borrarlo algo así de tu memoria. Es una experiencia de la que nunca terminas de desprenderte del todo. (…)

¿Prefirió resolverlo escribiendo?

Escribir nunca me ha servido para resolver nada. La escritura no es ninguna terapia. Como mucho es una compulsión o una enfermedad. Nunca he entendido por qué alguien querría dedicarse a esto, excepto si tiene el sentimiento de que resulta absolutamente necesario. Lo único que puedo decir para justificar mi trabajo es que, durante las últimas tres décadas y media, he dado todo lo que tenía. Lo he hecho lo mejor que podía cada día de mi vida. Incluso cuando todo lo que he escrito durante un día ha terminado en la basura, me he podido levantar del escritorio y decirme a mí mismo: “Por lo menos no has hecho trampas”. Pero se trata de una profesión extraña. Sentarse en una habitación y pasar todo el día solo no es algo que la mayoría de personas quieran hacer con su vida. La gente quiere estar ahí afuera, con los demás, haciendo cosas juntos.

Se reprocha sin cesar haber dejado de ser “un tipo duro”. ¿Por qué le costó aceptarlo?

El ataque de pánico fue la primera señal. Siempre he sido un tipo robusto y atlético. He sido una de esas personas que nunca se ponen enfermas y que no se cansan casi nunca. Siempre me he sentido fuerte, física y mentalmente. Pero entonces te haces mayor y empiezan a pasarte cosas que no entiendes. El 3 de febrero cumpliré 65 años. Es como si no fuera posible que me haya hecho tan mayor. En el libro, no deja de describirse como un anciano, cuando en realidad nadie lo ve tan mayor. 65 años no es tanto. Claro, todavía estoy razonablemente bien. Y no voy en silla de ruedas, pero ya veremos cómo termina todo esto. Vuelva dentro de diez o 15 años y entonces a ver si dice lo mismo [risas]. Además, la gente que dice que no aparento 65 años no me conoce. Sólo han visto una fotografía en la solapa del libro, que en muchos casos fue tomada hace un par de décadas

También parece torturado por sus errores del pasado. ¿No ha sido capaz de perdonárselos?

Me atormentan los momentos en los que no he sido capaz de actuar como esperaba de mí mismo. Esos errores de comportamiento y de apreciación me siguen atormentando. Me hacen pensar que no soy el gran hombre que siempre creí ser. ¿Tiene que ver con el modelo de masculinidad de su generación, que no permite ninguna vulnerabilidad a los hombres? Puede ser. Pero, ¿no queremos todos ser héroes en nuestras vidas? ¿No quiere serlo usted? Siempre he intentado vivir mi vida de manera que pudiera merecer mi propio respeto. Y, en ocasiones, me he fallado. No estoy diciendo que se pueda ir por ahí sin cometer un error, sin fracasar alguna vez. Pero esos son mis errores y me siguen torturando. (…)

Debe de ser la frustración que implica su oficio.

Debe de ser eso, porque siempre me he sentido así. Incluso con mis libros más celebrados. Nunca me he sentido exultante al terminarlos. Y la única vez que me pasó, duró poquísimo ¿Cuándo sucedió? Fue al acabar La música del azar, en 1989. Me encontraba en mi casa de Vermont con mi mujer y mi hija Sophie. Al escribir las últimas líneas del libro, salí al porche a fumarme un puro con un enorme sentimiento de satisfacción. Me dije: “Oh, cielos. Este será un gran libro. Por fin he escrito algo de lo que estoy plenamente orgulloso. Después de todo, puede que sí que sea un genio” [risas]. Sophie, que ahora tiene 24 años y es una mujer bellísima, entonces tenía sólo 2 y se pasaba el verano corriendo desnuda. Mi hija interrumpió mis delirios de grandeza y me dijo: “Mira, papá, mira lo que hago”. Estaba defecando en medio del porche. Lo primero que tuve que hacer, tras creerme un genio, fue recoger lo que había dejado allí. Así que gracias, Sophie, por ponerme en mi lugar. Siempre he interpretado lo que hizo como una forma de crítica literaria [risas].

¿Ha mandado Diario de invierno’ a las personas de las que habla?

Pues no. ¿Cree que se lo tendría que haber mandado a alguien en particular?

A su exmujer, por ejemplo, la escritora Lydia Davis. ¿Cree que se molestará cuando lea lo que ha escrito sobre ella?

No digo nada malo sobre ella. De verdad que no. Lo único que digo es que no nos tendríamos que haber casado, pero estoy seguro de que ella no se opondrá a esta afirmación [risas]. La verdad es que hoy tenemos una relación bastante buena. Espero que le apetezca leer este libro y estoy bastante convencido de que, cuando lo haga, no se enfadará. Las únicas personas con las que estoy enfadado y que podrían enfadarse son desconocidos o ya están muertos. (…)

¿Por qué se marchó a París durante los setenta?

Necesitaba escapar de Nueva York. Estaba harto del clima provocado por la guerra de Vietnam. Estaba muy involucrado en la vida política y no estaba escribiendo demasiado, así que me pareció positivo marcharme a Europa unos meses. Acabaron siendo tres años y medio. Conocer otra cultura me dio una muy buena perspectiva respecto a mi país. Francia no es África, pero los franceses viven la vida de una manera muy distinta. La cultura francesa es muy partidaria del enfrentamiento, de la confrontación. En París conocí a algunas de las personas más malvadas que me he encontrado en la vida, pero también a algunas de las más generosas. A Samuel Beckett, por ejemplo.

¿Es cierto, como escribe en Diario de invierno’, que al despertar se pregunta cuántas mañanas le deben quedar por delante?

Claro que es verdad. Hace muchos años que me hago esta pregunta. El reloj avanza sin demora y, matemáticamente, mis posibilidades se reducen. Si dividimos la existencia en cuatro estaciones, he entrado en el invierno de mi vida. Me acerco al final de mi vida.

¿Diría que lo mejor de su vida ya ha pasado?

Espero que no. Todo el mundo quiere ser joven, pero en realidad es uno de los momentos más duros de la vida. En cambio, la madurez no está especialmente idealizada, aunque sea el momento en que los maestros se convierten en maestros.

¿Y, por último, diría que ya ha escrito su mejor obra?

Espero que no sea así, pero ya lo veremos. Durante muchos años siempre tuve claro cuál sería mi próximo libro. Pero desde hace siete años, desde Brooklyn Follies, trabajo sin saber exactamente lo que haré a continuación. Los cajones están vacíos. Ahora escribo a más velocidad y mi concentración es mayor, pero también estoy más perdido que antes. Tal vez llegará un momento en el que no tenga ninguna idea más.

(en El Moleskine Literario) 

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CLARA OBLIGADO

El libro de los viajes equivocados – Clara Obligado

Posted: 23 Jan 2012 01:39 PM PST

En su anterior obra de ficción, Clara Obligado(Buenos Aires, 1950) nos hablaba de Las otras vidas, las que nos inventamos, las que deseamos, las que nos ocultan o que ocultamos, las que pudieron ser pero rechazamos, esas que con su agazapada presencia dotan de sentido a aquella otra por la que, de peor o mejor manera, transitamos. Pero es en el último relato del volumen donde esta multiplicidad de posibilidades queda reflejada de la forma más radical, tomando como punto de ramificación el momento de la salida de Argentina en 1976, en busca del exilio madrileño, que la propia autora tuvo que afrontar, y presentando todo un abanico de vidas alternativas a partir de ese instante, al que se vuelve reiteradamente en un movimiento que, más que circular, parece conformado a base de espirales. Y ese mismo planteamiento y esa misma geometría son los que usa ahora Clara Obligado con el viaje como motor del cambio. LEER MÁS 

Y es que el desplazamiento narrativo en forma espiral está presente desde el primer relato de su último libro, ‘El azar’, mediante la presentación de un mismo escenario, una playa en Normandía, a través de un retroceso temporal de velocidad creciente, característica de la espiral logarítmica, curva presente también en la concha marina que sirve de nexo de unión entre los distintos momentos de ese vertiginoso viaje a la semilla. Pero la sensación de continuidad y unidad se traslada a toda la obra mediante la aparición reiterada de personajes, espacios y situaciones que van conectando unos relatos con otros, dando la impresión de que, a partir de la dimensión humana de los mismos, se nos está ofreciendo una visión parcial de “la enorme espiral del universo”, efecto sinérgico del que la propia autora nos avisa al comienzo del texto y cuyas propiedades emergentes permiten una lectura de orden superior de gran riqueza, inagotable.

Ya en el segundo relato, ‘Las dos hermanas’, asistimos al primer viaje equivocado, el que realiza un judío polaco que emigra por error a Buenos Aires creyendo ir a Nueva York, y cuyo fracaso vital quedará recogido en la instantánea que toma el fotógrafo de ‘Madison, los puentes de’, turbadora variante de la película, en el que el personaje femenino opta por bajarse del coche y de la vida que comparte con su familia para emprender otra con su amante, sin saber si tal exilio autoinfligido obtendrá la suficiente compensación, si merecerá la pena el viaje hacia una nueva juventud a costa de lo perdido, si el deshielo no dejará al descubierto, en algún momento, toda la carga dolorosa que habíamos mantenido en hibernación.

El título de otro de los relatos, ‘El silencio’, nos remite a la actitud cómplice con la que los vecinos de un pueblo asisten al ir y venir de trenes rigurosamente vigilados con destino a Mauthausen, y en él nos acercamos a la historia de un guardagujas cuya vida queda marcada por la visión de una mano infantil que, surgiendo de uno de los vagones, se despide, gesto que, en otro contexto, volverá a encontrar en la protagonista de ‘Abisinia’, una joven que no se resiste al vértigo de la aventura y decide interrumpir su luna de miel bajándose del tren en el que viajaba con su reciente y previsible marido.

En ‘Agujeros negros’, sin embargo, es el viaje el que aborta la historia que pudo ser, y es otro, de retorno, el que crea la esperanza del cumplimiento postergado, la ilusión de poder vencer al tiempo implacable, el que no perdona, porque “la madurez es la estación florida (…), el momento en que todo cuadra y se puede cumplir, hasta los sueños más negados”; un relato que se cierra en un círculo paradójico y perfecto.

Así, entre ecos de Alice Munro, Borges o Carpentier, completaremos los once relatos de un libro que, entre otras cosas, nos transmite la inquietante certidumbre de la precariedad de nuestras decisiones, y entre cuyas páginas se va abriendo paso la idea de que quizás, a fin de cuentas, la vida sea siempre un viaje equivocado.

Rafael Martín

FICHA DEL LIBRO

Título: El libro de los viajes equivocados | Autor: Clara Obligado|EditorialPáginas de Espuma | Páginas 144 | Precio 15€ | Reseñado porRafael Martín