UNA MANERA DE LEER

El punto y la brevedad

Una manera de leer

por Osvaldo Picardo

Un punto de más o de menos puede ser significativo. Imaginen, por ejemplo, uno de los recursos comunes en muchas telenovelas, cuando una madre confiesa finalmente a su hijo el secreto que ha escondido toda una vida. Imaginen, con música sinfónica de fondo, que el secreto consiste en que el enemigo al que su hijo ha decidido matar, es en realidad, el padre biológico. La breve frase para evitar el edípico destino sería: “No. Es tu padre”. Imaginen por último que la actriz, en el apuro, comete un imperdonable error y exclama: “No es tu padre”. Las expectativas del público que hasta ese momento habían sido engordadas con pequeñas dosis, se han derribado de un solo golpe, arruinando todo.

Un punto, justo a tiempo, encierra tensión, silencios en que se sugiere desde una tragedia a una comedia de las peores. Augusto Monterroso en su libro Movimiento Perpetuo escribe, tan irónico y lúcido como siempre, que “el escritor de brevedades nada anhela más en el mundo que escribir interminablemente largos textos, largos textos en que la imaginación no tenga que trabajar, en que hechos, cosas, animales y hombres se crucen, se busquen o huyan, vivan, convivan, se amen o derramen libremente su sangre sin sujeción al punto y coma, al punto.” Por eso, exactamente por eso, nada hay más breve que ese largo texto sin imaginación y sin punto porque nadie podría leer más una primer página. (Para muchos, el Ulyses de Joyce no escapará a esta ley inexorable, aunque más bien sea una magnífica excepción a la regla).

El tema se vuelve más interesante al agregar que hasta el siglo XII, las palabras no estaban separadas una de otra, es decir, las palabras se escribían en forma continua como cuando hablamos. Tampoco —para indignación de maestras puristas— estaba unificada la ortografía, por eso una misma palabra podía tener varias funciones y sentidos. La ortografía como la conocemos hoy es posterior a la invención de la imprenta. Y antes de ésta, sólo había manuscritos. En Grecia y Roma, el objeto más parecido a los libros —fueran tablillas, papiros, pergaminos, códices— lo hacían los copistas o amanuenses que escribían muchas veces, al dictado de otro; no había dos ejemplares iguales y eran muy escasos. La forma más frecuente de transmisión era la lectura en voz alta, porque la mayoría no sabía leer.

Según creo haber leído, Beda el Venerable fue uno de los primeros en revolucionar la situación; ya en su época los textos leídos no eran correctamente interpretados —entre ellos la Biblia— y necesitaban algunas marcas donde detenerse, hacer una pausa, entonar una pregunta, alzar o bajar la voz sugiriendo una confesión o una ironía. No era un detalle, era una nueva manera de leer y de oír que se imponía necesariamente. Y esa manera de oír y de leer tiene que ver con una relación con los libros muy personal e íntima, más que con la evolución fríamente determinada por las tecnologías o la historia. Anónimos o apenas recordados aquellas manos y murmullos de la voz fueron grabados en la intensidad del texto. No sería arriesgado afirmar que desde entonces, esa relación no cesa de hablar en las formas más breves y también poéticas de la escritura, desde un haiku de Matsuo Basho como aquel que Cortázar tomó para título de un libro de poemas (“Este camino/ ya nadie lo recorre/ salvo el crepúsculo”), hasta el famoso microrrelato de Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.

El más breve poema puede contener una cadena de resonancias, de fragmentos o esquirlas de otro texto inmenso que se ha perdido en las guerras de la memoria. ¿No será que ese lenguaje de la intensidad vibra con la tensión entre lo indecible y lo explícitamente dicho? El último libro de poemas de Héctor Freire se llama Satori, una palabra japonesa con la que se describe un estado especial de iluminación del Gautama Buda, y también una clave del zen: un momento de descubrimiento profundo y único. Tal vez, sea eso mismo una buena respuesta al lenguaje de la brevedad o mejor dicho, con las palabras de Freire: “Hay momentos imposibles de medir y contener:/ son bendiciones inmerecidas e imprevistas./ Semillas que estallan y describen / la naturaleza inmóvil del tiempo”.

Osvaldo Picardo: Escritor, profesor de literatura y editor. Dirigió la revista cultural La Pecera (www.lapeceralibros.blogspot.com). Su último libro de poemas es Pasiones de la línea, de Ed. En Danza.

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FERNANDO CLEMONT

El libro de las maravillas – Fernando Clemot

Posted: 29 Jan 2012 07:42 AM PST

 
 
Esta obra de Fernando Clemot (1970, Barcelona) es la segunda que tengo oportunidad de leer después de El golfo de los Poetas también publicada por Barataria. Han bastado estos dos títulos para que pueda afirmar sin ambages que es uno de los mejores autores actuales en castellano. De hecho es, junto con Berta Vias Mahou, el escritor al que más disfruto leyendo. Déjenme explicarles mis razones que espero que también sean el señuelo para que se adentren en la densa prosa de este magnífico escritor. LEER MÁS

“El catalán ha escrito un libro maduro, adulto, aspero como el primer empellón a la botella. Exigente consigo mismo vierte en la almazara de su composición un vocabulario denso, oleoso, pocas veces sucio, del cual exprime y extrae un rico lenguaje armonioso, ordenado, fabricado con frases largas pero sostenidas y párrafos plenos de reflexiones entrelazadas. Una estructura clásica que, sin embargo, soporta una novela moderna, actual, viva y audaz. ” Eso fue lo que se escribió hace dos años de su anterior novela cuya reseña publicamos con el mismo fervor que hoy incluimos esta.

Clemot cambia el registro del anterior personaje siendo capaz de sostener malabarísticamente dos tramas a la vez fundidas en una sola historia, la del señor C., narrador en primera persona de sus últimos días en la clínica de cuidados paliativos en la que ingresó esperando a la parca. Por un lado conocemos tesela a tesela el mosaico de su vida, que sin orden ni concierto obedece sólo a los indexados de su memoria que en forma de racimos reflota a la superficie sus recuerdos. Poca felicidad, mucho dolor, mala conciencia, errores varios, son el reflujo ácido que sube por su esófago histórico. En paralelo y ayudado por Bridoso, otro paciente amigo suyo, consigue que algunos doctores y enfermos le cuenten el momento más importante de sus vidas para componer su propio libro de las maravillas, colección de retazos memorísticos que a semejanza de Rustichelo con Marco Polo, el señor C. no ha podido vivir, pero si escribir dictados por sus verdaderos protagonistas.

El día a día de la clínica, las horas muertas que arrastran la barca de la vida de su protagonista hacia la laguna estigia se funden con los brillantes, fugaces, deshonestos y crueles recuerdos de sus semejantes en una trama untuosa, rica a la que el empeño de Clemot por usar todas la palabras del diccionario y su deseo de filosofar sobre los entramados de la memoria confieren un insuperable saber pleno tanto en boca como en nariz y posteriormente estómago que únicamente el fecundo y prolífico lector sabrá disfrutar en su esplendor.

Una vez conseguido todo esto nos espera todavía el reposo de tan rico material cuyo plenitud es precisamente la que nos hace disfrutar aún más del manjar literario que El libro de las maravillas nos ofrece. ¡Enhorabuena Clemot!

Pepe Rodríguez

FICHA DEL LIBRO

Título: El libro de las maravillas |Autor: Fernando Clemot |Editorial: Barataria| Páginas: 288 | Precio : 18,50€