PAOLO SORRENTINO

“Todos tienen razón”

Autor: Paolo Sorrentino

Traductor: Xavier González Rovira

Editorial: Anagrama 358 páginas. 19,50 euros.

Argumento Tony Pagoda, antaño capaz de derretir cualquier corazón con su melodiosa voz, de esnifar montañas de cocaína y de beneficiarse a ejércitos de mujeres, descansa desde hace casi dos décadas en su retiro amazónico. Aun achacoso, desengañado y asqueado, no quiere formar parte de esa mitad que se pone cómoda a aguardar una lenta putrefacción. Se siente liberado para recapitular y vomitar toda la verdad -“aunque sea escabrosa e indecible. Aunque os deprima el ánimo”- y de regresar a una Italia devenida definitivamente patética para realizar un último show. Cuando el protagonista de esta ópera prima –a la que le pesa esa incontinencia eufórica tan propia de las de su especie– diserta sobre la monumentalidad y la astucia del escurridizo escarabajo de Manaos, el lector, en caso de haber conservado fuerzas para llegar hasta ahí, aún es capaz de admirar que su creador siga encontrando metafóras para lamentar la podredumbre moral de Italia. Y poco más. Al igual que en dos de sus obras maestras para la gran pantalla –Las consecuencias del amor e Il divo–, Paolo Sorrentino apuesta por la construcción (espasmódica, efectista y a ratos caricaturesca) de un individuo consumido por la soledad y la falta de amor tras toda un vida cediendo su alma a cambio de vicio o de poder. Es la encarnación de los males de un país camino de encontrar en Berlusconi a su perfecto bufón.

Sangría verbal Tony Pagoda, un crooner pícaro, golfo y lenguaraz, a cuya gloria podría haberse creado el Festival de San Remo, apuntaba maneras de grandísimo personaje de los que dan testimonio con fases de lucidez corrosiva. Sin embargo, el que Sorrentino lo queme haciéndolo funcionar a base de acumulación, fluctuando sus observaciones entre el hallazgo y la ordinariez, sacrificando la estructura y la claridad en aras de la sangría verbal, conduce a la saturación. No es menos cierto que el pleno disfrute de su lectura demandaba una familiaridad con la cultura italiana de la que carecía este periodista. Los excesos de una farsa con un cinturón de explosivos a lo Ammaniti se sobrellevan si queda espacio para que nuestra imaginación complete la denuncia. Aquí la bulímica mente de Pagoda ocupa hasta las salidas de emergencia.

Antonio Lozano  (www.que-leer.com)

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