BEL CARRASCO

El relojero de Real de Bel Carrasco

Posted: 07 Mar 2013 07:55 AM PST

belcarrasco

Estamos ante una opera prima, pero no ante una primeriza en el manejo del lenguaje. Bel Carrasco es veterana periodista y domina perfectamente el arte de juntar palabras, si bien hasta ahora esta es su primera novela, aunque ya había probado antes la ficción con algunos relatos. Novela  difícil de clasificar, cosa que precisamente le da un carácter más personal a la obra. Hay en ella una intriga, sí, pero no la llamaría novela de intriga. Está ambientada en el año 1929, pero no es histórica: nada hay apenas que nos sitúe en ese año en concreto, ya que podría ser cualquier otro de esa década. Casi podríamos pensar en ella como un cuento largo, por la estructura de la narración. Concentrada la acción en un pequeño pueblo valenciano, y la mirada puesta en dos personajes centrales: el relojero, Abel Pino, y el cura, Lorenzo Santacruz, ambos en la madurez de unas vidas solitarias. Esa soledad elegida es un punto que les une y hace surgir una fuerte amistad entre los dos, entre un creyente y un descreído.

Tenemos, pues, una historia que habla de amistad, que habla de un pueblito de principios del siglo XX en la Valencia rural. Entrañables descripciones de montañas, riachuelos, paseos con olor a pino y a romero. La vida cotidiana y campestre de humanos y animales, el sabor de la tierra y sus frutos, todo armoniosamente dispuesto. Y en ese mundo cerrado, van surgiendo, como pinceladas añadidas aquí y allá por el pintor al revisar su obra, una serie de hechos inquietantes.  De entrada, se nos narra un luctuoso y terrible asesinato, ocurrido muchos años atrás en ese mismo pueblo. Esa historia sobrevuela la narración, en la que periódicamente van apareciendo restos humanos (mano, pie, oreja…) como si de un Twin Peaks valenciano se tratara.

Drama rural, intriga, drama personal tanto el de Abel como el de Lorenzo, que ni uno ni otro se rigen por estereotipos, sino que más bien son dos personajes fronterizos, limítrofes, que no encajan dentro de los parámetros habituales: ni el cura es lo que se podría esperar de un cura rural, reaccionario y devoto, ni el relojero es trigo limpio, sino que tiene un pasado que decide inconscientemente olvidar. Además, hay dos mujeres, tampoco dibujadas con el perfil habitual: Gertru, una huérfana medio salvaje y medio bruja, acogida en casa de Abel y que le sirve como asistenta, y Cristín, otra huérfana pero  elegante y educada, a la que rodea un misterio que solo se desvelará al final. Todos los ingredientes para una historia casi de David Lynch: un mundo doméstico y rural, aburrido en su cotidianeidad y rutina, donde de pronto surgen verdaderas chispas que están a punto de generar más de un incendio. Incendios físicos e incendios morales. Donde lo surrealista asoma por detrás de la cortina.

La narración discurre lineal, el lenguaje trata de acercarse al habitual en esa época, buscando términos en desuso, recetas campestres, costumbres ya olvidadas. No hay referencias a sucesos fuera del pueblo, salvo alguna que otra a Valencia, la capital. Pero ni por asomo sabemos nada de lo que ocurre en el resto del país, ni del mundo. Ni el crack  económico del 29, ni las tensiones previas a la República,…nada de eso interfiere. La autora prefiere correr un tupido velo y concentrar su mirada en ese pequeño microcosmos que entrelaza sus relaciones, por otra parte universales: amor, odio, envidia, venganza, ambición, pasiones connaturales al alma humana y que en el ambiente agreste y silvestre del paisaje rural parecen desatarse con más libertad. Por encima de todas ellas, la amistad y el amor, amor físico, carnal, deseo y pasión contenidos que estallan  a lo largo del relato. El otro aspecto que recorre toda la obra es el humorístico. La mirada, entre socarrona y divertida de la autora, impregna como una constante, dando el tono general de la narración. Todos estos ingredientes componen un potaje sabroso, nutritivo, que deja un buen sabor de boca, un guiso de cazador, unas gachas de pastor. Huele a monte a lo largo de toda la narración. Y tiene un final de cuento, por eso al principio sugerí que podría pensarse en un cuento largo, más que una novela.

Quizá si la autora hubiera optado por una narración más realista o más dramática, echaríamos en falta algunos datos del contexto, o pensaríamos que las relaciones de estos cuatro personajes (Abel, Lorenzo, Gertru y Crsitín) son absolutamente atípicas e inverosímiles en un pueblito de la España del primer tercio del siglo XX. Que una joven conviva con un hombre sin ser siquiera parientes, sería impensable en 1929, ni siquiera en una ciudad, y menos en una aldea, por poner un ejemplo. Pero la autora ha creado un clima en su historia que nos hace saltar por encima de esos detalles y fijarnos en lo principal, en lo que ella quiere destacar: los lazos de la amistad, el amor a la naturaleza y el amor entre un hombre y una mujer. Por eso el final es de cuento, porque en el fondo lo es: un cuento adulto que nos atrapa, mantiene el interés y nos hace leerlo de un tirón.

 

 

Escrito por Bel Carrasco

Bel Carrasco

(Valencia, 1952) es Ingeniero t. Agrícola y licenciada en Ciencias de la Información. Ha trabajado en varios periódicos de Madrid y Barcelona y después en diferentes medios valencianos, en temas de cultura. Apasionada de la literatura, de la naturaleza y los animales.

 

Ficha técnica

Ediciones Atlantis / Pulsar para ir al inicio

Traducción: Concha Cardeñoso Sáenz de Miera 
Páginas: 226
Precio: 18€

En el pueblo de Real, el día 10 de octubre del último año del siglo XIX aparecen siete cabezas decapitadas: las del Conde de la Gustosa y su servidumbre. Todo apunta como asesino a un artista, hijo bastardo de la Condesa, el cual había hecho unas imágenes religiosas que su madre, para mantener su memoria, donó a la iglesia parroquial. Al nuevo cura le parecen horribles y las quiere cambiar, desconociendo que deben mantenerse ahí durante treinta años, tiempo que está a punto de expirar, y que el alcalde tratará por todos los medios de que nadie las toque hasta que se cumpla el plazo…
Mientras tanto, Abel Pino, el relojero, tendrá que arreglar unos valiosos relojes a La Rusa, una cantante de ópera retirada, la cual viene acompañada por su sobrina Cristín, una muchacha alegre y desenvuelta, de la que Abel se enamora. Se instalan en el palacete que había sido de los Condes y en el que se suceden cosas extrañas…
El relojero y el cura, que odia las confesiones, deberán sortear unos cuantos males, incluso el mal de amores, en un relato lleno de vigor literario, de pasión y misterio, que entretendrá al lector más exigente en una trama llena de interés y amenidad.

 

Reseñado por Ariodante, en El Placer de la Lectura

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