LA CASA REDONDA


La casa redonda de Louise ErdrichPosted: 30 May 2013 10:21 AM PDT

Erdrich

Louise Erdrich compone novelas corales en la que repasa la difícil convivencia en  las ciudades de las reservas indias (Dakota del Norte, EEUU) mezclando personajes de diferentes generaciones con las tradiciones indias y los prejuicios racistas.

Corre el año 1988 aunque Joe solo cuenta con trece años de edad. Vive en una reserva Ojibwe con sus padres, su madre Geraldine administradora tribal y su padre Bazil que sirve como juez. Comparándola con las demás su familia es estable y próspera. Joe disfruta pasando el rato con sus amigos ya que todos están obsesionados con la nueva serie de televisión, Star Trek: La siguiente generación

Todo cambia un domingo cualquiera. Alguien ha violado y golpeado a su madre y tenía la intención de hacerle algo peor. La familia se convierte en un caos, y su madre, hasta ahora confiada y cariñosa se niega a salir de su habitación, a comer, a hablar. Su padre se muestra  impotente frente al trauma de su esposa, y Joe se ve obligado a enfrentarse al mundo adulto mucho antes de estar listo. Frustrados por la lentitud de la investigación y los obstáculos presentados por la ley tribal, decide investigar con su mejor amigo Cappy, para encontrar respuestas y buscar la justicia por si mismo. Lo que sigue es una tragedia a cámara lenta que marcará a todos de por vida.

La casa redonda revela sus secretos poco a poco, y algunos ni siquiera se despliegan. La investigación de Joe junto a su padre, expone sagas familiares enterradas, verdades tácitas sobre la vida entre la reserva y el mundo americano blanco más allá de ella, y el valor necesario por todos ellos para tomar decisiones dolorosas y aceptar realidades terribles. El libro está lleno de personajes secundarios cuyas vidas contienen el poso de la tragedia: Linda Wishknob, una mujer blanca adoptada por una familia de india después de que su propia madre quiso dejarla morir, y Sonja, la novia del  tío de Joe, una ex-bailarina de strip-tease quienes conmoverán al lector. Mooshum, el abuelete contador de historias al filo de la muerte es una constante también de las obras de Erdrich.

Esta obra es fácil de leer pero difícil de asimilar. Cuesta irla tragando, no por explícita, que no lo es, sino por la capacidad que tiene de exasperarnos en la búsqueda de una solución que siempres será dolorosa. Es un libro que plantea muchas preguntas difíciles acerca de la culpa, el remordimiento, la justicia, la familia, el amor y la búsqueda de la tranquilidad en nuestras vidas y en nuestros corazones. La suavidad de la prosa de Erdrich desmiente la dureza inflexible de los hechos.

Con un lirismo y una musicalidad ambiental continua, la autora cose los acontecimientos cotidianos de sus protagonistas, mezclando tradición y realidad con la naturaleza que les rodea. Poco a poco vamos conociendo las diferentes piezas del puzzle. El punto de vista del chaval de trece años es el gran logro de la novela, todo bajo su prisma adquiere una tonalidad diferente de la real, esa primera persona hace soportable la novela, incluso la convierte en amable, positiva y sensible, rebosante de humanidad y de misterio pese a lo sobrecogedor de su argumento.

Indudablemente Erdrich esta entre las mejores voces norteamericanas del momento al nivel de Oates o Toni Morrison. Merecidísima ganadora del National Book Award 2012

Reseñado por Pepe Rodríguez

 

 

 

Escrito por Louise Erdrich

Louise Erdrich (Little Falls, Minnesota, 1954), novelista, poeta y escritora de libros para niños, desciende de la tribu india ojibwe y es nieta de un ex dirigente de la reserva Turtle Mountain Band of Chippewa, en Dakota del Norte, de la que sigue siendo miembro activo y en cuyas proximidades creció. Vive en Minneapolis, Minnesota, donde es propietaria de la librería independiente Birchbark Books.
Su obra ha sido galardonada con numerosos premios literarios.

 

Ficha técnica

Precio: 21.95 € Páginas: 352
CÓMPRALO EN LETRAS DE PAPEL

Traducido por: Susana de la Higuera Glynne-Jones
Un domingo de primavera de 1988, una mujer india ojibwe es agredida en la reserva donde vive en Dakota del Norte. Los detalles de la brutal violación tardan en conocerse ya que Geraldine Coutts ha quedado traumatizada y se niega a revivir o contar lo ocurrido, tanto a la policía como a Bazil, su marido, y a Joe, su hijo de trece años. En solo un día, la vida del muchacho da un vuelco de forma irreversible. Intentará ayudar a su madre, pero esta se atrinchera en la cama hasta naufragar paulatinamente en un abismo de soledad. Cada vez más solo, Joe se verá arrojado de forma prematura al mundo de los adultos para el que aún no está preparado.
Mientras su padre, juez tribal, intenta conseguir que se haga justicia, Joe se siente frustrado con la investigación oficial y, con la ayuda de sus leales amigos, Angus, Cappy y Zack, se propone encontrar algunas respuestas por su cuenta. Su búsqueda les conducirá en primer lugar a la casa redonda, un espacio sagrado y de culto para los nativos de la reserva. Y esto no será más que el principio.

Empieza a leerlo AQUÍ:

 

FERIA DEL LIBRO DE BILBAO 2013

http://www.elcorreo.com/vizcaya/20120531/local/feria-libro-201205311256.html

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AMBROSE BIERCE

El viudo Turmore
[Cuento. Texto completo.]Ambrose Bierce
Las circunstancias bajo las que Joram Turmore se convirtió en viudo nunca fueron popularmente comprendidas. Yo las conozco, naturalmente, pues yo soy Joram Turmore; mi mujer, la difunta Elizabeth Mary Turmore, tampoco las ignora, y aunque ella las cuente, aún permanecen en secreto ya que no hay un alma que le haya creído jamás.Cuando me casé con Elizabeth Mary Johnin era muy rica, de lo contrario yo no hubiese podido afrontar el casamiento, puesto que no tenía un centavo y el Cielo no había puesto en mi corazón ninguna intención de ganarlo. Tenía la Cátedra de Gatos en la Universidad de Graymaulkin y los ejercicios escolásticos me inhabilitaban para el peso de cualquier negocio u ocupación. Además, yo no podía olvidar que era un Turmore, un miembro de la familia cuyo lema desde el tiempo de Guillermo de Normandía había sido Laborare est errare. La única infracción que se conoce de la sagrada tradición familiar ocurrió cuando don Aldebarán Turmore de Peters-Turmore, ilustre ladrón del siglo XVII, asistió personalmente a una difícil operación llevada a cabo por algunos de sus empleados. Esa mancha sobre nuestro blasón no puede contemplarse sin sentir la más desgarrada mortificación.

Mi Cátedra de Gatos en la Universidad de Graymaulkin jamás se destacó, por supuesto, por el trabajo. En ninguna época hubo más de dos estudiantes de la Noble Ciencia, y tan sólo repitiendo las conferencias manuscritas de mi predecesor, que había encontrado entre sus pertenencias (murió en el mar, camino de Malta), podía apenas saciar lo suficiente su hambre de conocimientos sin ganar siquiera la distinción que se otorgaba a manera de salario.

Naturalmente, bajo tan apremiantes circunstancias, vi a Elizabeth Mary como a una suerte de especial Providencia. Ella imprudentemente rehusó compartir conmigo su fortuna, pero eso no me preocupó para nada, ya que si bien de acuerdo con las leyes del país (como es sabido), la esposa tiene el control de su patrimonio durante su vida, éste pasa al marido a su muerte: ni siquiera puede ella disponer de él por testamento. La mortalidad entre esposas es considerable pero no excesiva.

Habiéndome casado con Elizabeth Mary y, en cierta forma, habiéndola ennoblecido haciéndola una Turmore, sentí que la forma de su muerte debía igualarse a su distinción social. Si yo la hubiera matado por cualquiera de los métodos maritales ordinarios hubiera incurrido en justo reproche, por no poseer el orgullo familiar adecuado. Mas no podía encontrar un plan adecuado.

En esta emergencia decidí consultar el archivo Turmore, una valiosa colección de documentos, incluidos los registros de la familia desde el tiempo de su fundador en el siglo VII de nuestra era. Sabía que entre estos sagrados títulos debería encontrar detallados relatos de los principales asesinatos cometidos por mis santos ancestros durante cuarenta generaciones. De entre esa masa de papeles no podía dejar de sacar las más valiosas sugerencias.

La colección contenía también muy interesantes reliquias. Había títulos de nobleza concedidos a mis antepasados por hacer desaparecer atrevida e ingeniosamente a pretendientes al trono o a sus ocupantes; estrellas, cruces y otras condecoraciones atestiguando servicios del más secreto e innombrable carácter; heterogéneos regalos de los conspiradores más grandes del mundo que representaban un valor monetario intrínseco incalculable. Había joyas, trajes, espadas de honor y toda suerte de «testimonios de estima»; el cráneo de un rey transformado en copa de vino; títulos de vastas fincas, largo tiempo confiscadas, vendidas o abandonadas; un breviario iluminado que había pertenecido a don Aldebarán Turmore de Peters-Turmore, de infausta memoria; orejas embalsamadas de muchos de los más reconocidos enemigos de la familia; el intestino delgado de un cierto indigno hombre del estado italiano hostil a los Turmore que, enroscado como una soga de saltar, había servido a la juventud de seis generaciones consanguíneas… momentos y recuerdos preciosos más allá de las valoraciones de la imaginación pero, por los mandatos sagrados de tradición y sentimiento, para siempre inalienables por la venta o el regalo.

Como cabeza de la familia, yo era el custodio de todos estos preciosísimos bienes heredados y, para su segura conservación, había construido sobre los cimientos de mi casa una fortaleza de mampostería maciza, cuyas sólidas paredes de piedra y cuya única puerta de hierro podían desafiar por igual el choque de un terremoto, el incansable azote del Tiempo o la mano profana de la Codicia.

A estos tesoros del alma, fragantes de sentimiento y ternura, ricos en sugerencias de crímenes, me volví para encontrar ahora las claves del asesinato. Para mi indecible asombro y dolor, lo encontré vacío. Cada estante, cada cajón, cada cofre había sido saqueado. ¡De tan única e incomparable colección no quedaba vestigio! Sin embargo, probé que hasta que yo mismo había abierto la maciza puerta de metal, ni un cerrojo, ni una barra había sido movida: los sellos de la cerradura estaban intactos.

Pasé la noche entre la lamentación y la indagación; ambas fueron infructuosas. El misterio era impenetrable a la conjetura y ningún bálsamo podía calmar semejante dolor. Pero ni una sola vez durante esa horrible noche mi firme espíritu pudo abandonar su alto designio contra Elizabeth Mary, y el alba me halló aún más resuelto a cosechar los frutos de mi matrimonio. Mi gran pérdida pareció acercarme a relaciones espirituales más profundas con mis ancestros muertos, y darme una nueva e inevitable obediencia a la persuasión que hablaba en cada glóbulo de mi sangre.

Inmediatamente formé un plan de acción, y procurándome un fuerte cordel entré a la habitación de mi esposa, encontrándola, como esperaba, profundamente dormida. Antes de que se despertara la tenía fuertemente atada de pies y manos. Estaba muy sorprendida y dolorida, pero sin atender a sus protestas hechas a viva voz, la llevé a la ahora saqueada fortaleza, allí donde nunca permití que entrara y de cuyos tesoros no la había advertido. Sentándola, todavía atada, contra un ángulo de la pared, pasé los siguientes dos días con sus noches en acarrear al lugar ladrillos y argamasa. A la mañana del tercer día la tuve firmemente emparedada, desde el suelo hasta el techo. Durante todo este tiempo no tuve en cuenta sus ruegos de piedad más que (ante su promesa de no resistir, que debo decir que ella cumplió con honor) para concederle la libertad de sus piernas. Le concedí un espacio de cerca de cuatro pies por seis. Cuando coloqué los últimos ladrillos en la parte superior, en contacto con el cielo raso de la fortaleza, me dijo adiós con lo que me pareció la serenidad de la desesperación, y me fui a descansar sintiendo que había observado fielmente las tradiciones de una antigua e ilustre familia. Mi única amarga reflexión, en lo que a mi conducta concernía, surgió al tomar conciencia de que había trabajado durante la realización de mi designio; pero nadie lo sabría jamás.

Después de descansar durante una noche, fui a ver al juez de la Corte de Sucesiones y Herencias y firmé una declaración jurada de todo lo que había hecho, excepto el trabajo manual de construir la pared, que imputé a un sirviente. Su Excelencia designó a un comisionado de la Corte, quien realizó un cuidadoso examen del trabajo y, según su informe, Elizabeth Mary Turmore fue formalmente declarada muerta al fin de la semana. De acuerdo con la ley tomé posesión de sus bienes que, a pesar de no ser mucho más valiosos que mis tesoros perdidos, me elevaron de la pobreza a la riqueza y me trajeron el respeto de los grandes y de los buenos.

Unos seis meses más tarde me llegaron extraños rumores: el fantasma de mi mujer muerta había sido visto en distintos lugares de la región, pero siempre a una considerable distancia de Graymaulkin. Estos rumores, de cuya auténtica fuente no me pude enterar, diferían en varios detalles, pero eran semejantes en atribuir a la aparición un alto grado de prosperidad mundana aparente combinada con una audacia poco común en los fantasmas. ¡No sólo estaba el espíritu ataviado con ropajes costosos, sino que caminaba a mediodía y, más aún, conducía! Me sentí indeciblemente molesto con estos cuentos y, pensando que podría haber algo más que superstición en la creencia popular de que sólo espíritus de los muertos no enterrados pueden caminar sobre tierra, decidí llevar a algunos obreros equipados con picos y barras hacia la fortaleza en la que nadie había entrado durante mucho tiempo. Les ordené demoler la pared de ladrillo que había construido alrededor de la compañera de mis alegrías. Había resuelto dar al cuerpo de Elizabeth Mary un entierro como el que creía que su parte inmortal aceptaría como un equivalente del privilegio de encontrarse a gusto entre las apariciones de los vivos.

En pocos minutos volteamos la pared y, metiendo una lámpara a través de la brecha, miré adentro. ¡Nada! Ni un hueso, ni un cabello, ni un jirón de ropa… ¡el angosto espacio que, de acuerdo con mi testimonio, contenía legalmente todo lo que había sido mortal de la difunta señora Turmore, estaba absolutamente vacío! Este admirable descubrimiento, para una mente ya perturbada por tanto misterio y excitación, era más de lo que yo podía soportar. Lancé un grito y caí en un estado de paroxismo. Durante meses estuve entre la vida y la muerte, afiebrado y delirante; no me recuperé hasta que mi médico tuvo el cuidado de sacar de mi caja fuerte un estuche de mis más valiosas joyas y huir del país.

Al verano siguiente tuve ocasión de visitar mi bodega, en un rincón de la cual había construido la fortaleza, que hacía tiempo se encontraba en desuso. Al mover un tonel de oporto, lo arrojé con fuerza contra la pared medianera y me sorprendió descubrir que desplazaba dos grandes piedras cuadradas que formaban una parte de la pared.

Apoyando sobre ellas las manos, las empujé fácilmente y, mirando a través del hueco, vi que habían caído dentro del nicho en el cual yo había emparedado a mi lamentada esposa. Frente a la abertura que su caída había dejado, a una distancia de cuatro pies, estaba la pared que mis propias manos habían construido a fin de encarcelar a la infortunada y gentil esposa. Ante una revelación tan significativa, comencé a explorar la bodega. Detrás de una hilera de barriles encontré cuatro objetos muy interesantes desde el punto de vista histórico, pero sin valor alguno.

En primer lugar, los restos enmohecidos de un traje ducal florentino del siglo XI; segundo, un breviario de resplandeciente pergamino con el nombre de don Aldebaran Turmore de Peters-Turmore inscripto en colores en la primera página; tercero, una calavera transformada en copa y muy manchada de vino; cuarto, la cruz de hierro de un Caballero Comendador de la Orden Imperial Austríaca de Asesinos por Veneno.

Eso era todo; ni un objeto que tuviera valor comercial, ni papeles, ni nada. Pero esto era suficiente para aclarar el misterio de la fortaleza. Mi esposa había adivinado tempranamente la existencia y el propósito de este apartamento, y, con la destreza del genio había efectuado una entrada, desprendiendo las dos piedras de la pared.

En diferentes oportunidades, y a través de esta abertura, había sustraído la colección entera que, sin duda, logró convertir en dinero. Cuando con un inconsciente sentido de la justicia (cuyo recuerdo no me trae ninguna satisfacción) decidí emparedarla, por alguna maligna fatalidad escogí aquella parte donde estaban las piedras removidas y, sin duda antes de que hubiera terminado mi trabajo, ella las movió y, deslizándose hacia la bodega, las volvió a colocar en su sitio. Se escapó del sótano fácilmente, sin ser observada, para disfrutar sus infames ganancias en lejanos lugares.

Me he esforzado en procurar una orden de prisión, pero el dignísimo Barón de la Corte de Sumarios y Condenas me recuerda que ella está legalmente muerta y dice que mi único recurso es apelar ante el Jefe de Cadáveres y solicitar una orden de exhumación y resurrección. Tal parece que debo sufrir sin remedio este enorme daño a manos de una mujer desprovista tanto de principios como de vergüenza.

FIN

 

BOTONES EN LA ESPALDA

http://www.eldiario.es/agendapublica/decidimos_6_136196384.html

ESCRITORES EN RESIDENCIA

http://gustavoarielschwartz.org/2013/05/28/escritores-en-residencia/