LA NEGRA CONSENTIDA (versión libre del texto de Eduardo Galeano)

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 La noche de bodas la acusó de no ser virgen. Qué anacronismo. Como si él hubiera vivido a la sombra de un monasterio desde que las hormonas despertaron en su cuerpo. Los usos sociales tenían esas cosas absurdas de la desigualdad.

La despreció, la humilló, se enfundó los pantalones olvidándose de la ropa interior y fue a emborracharse con sus amigos, que continuaban la juerga de la celebración nueve pisos más abajo. Lo jalearon. Era el único que desconocía la circunstancia, le dijeron. Se deprimió más. Sentía escapar su hombría envuelta en las sombras de la noche.

Con los primeros jirones del alba, compró un par de rosas rojas y volvió a subir los nueve pisos con la intención de deshacer el malentendido. Ella no estaba. Hacía rato que se había marchado, dedujo, porque las sábanas ya no conservaban la tibieza de su piel. Acostó las rosas sobre la almohada de su lado y se tumbó sobre la otra mitad del colchón, ahora desangelado. Las rosas se van descabezando, los pétalos tienen un aspecto ajado. Ella no acaba de volver. Quizá no lo haga nunca.

© E.Z., 14 abril 2015

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