Fragmento de VIDA SECRETA DEL ORNITORRINCO

   “Su propio aspecto era un poco desconcertante, una de esas personas sobre las que se puede pasar la vista sin verlas apenas, gris hasta decir basta. Gris el traje del que no parecía desprenderse más que en los cambios de estación para sustituirlo por otro semejante, más oscuro en invierno, más claro en verano. Color humo la corbata que algún día había sido negra y al final se había vuelto también cenicienta. Gris la tez de barba cerrada que a todas luces apuraba a diario con navaja. Gris la cabellera abundante que algún barbero en vías de extinción cortaba a cepillo a fecha fija siguiendo el modelo de los años cuarenta. Si algo funciona, ¿para qué cambiarlo?, parecía ser su lema.

   No era un hombre alto, pero caminaba siempre muy derecho, como si fuera el dueño de una envergadura imponente. Puede que su tiesura no amedrentase por sí misma, pero para eso contaba con unos ojos negros como la noche que acostumbraba a clavar en su interlocutor como armas puntiagudas, de pupilas menguantes y aceradas, y unas manos grandes, huesudas, amenazantes, con abundante vello oscuro en el dorso, manos de asesino, en palabras de Clara. ¿Por qué de asesino?, le planteaba yo, ¿no podías buscarle otra ocupación menos inquietante? No, no; de asesino, se empeñaba ella, son manos fuertes y hábiles a un tiempo, capaces de un gran esfuerzo y de una gran precisión.”

VIDA SECRETA DEL ORNITORRINCO, Baile del Sol, 2018, página 15.

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