RESEÑAS literarias

 Humor envenenado

Lorrie Moore, “Al pie de la escalera”

Seix-Barral, 2009, 384 páginas, 19 euros.

A Lorrie Moore se le ha comparado con Carson McCullers o con Katherine Anne Porter por su forma de retratar la desolación de lo cotidiano y la tristeza de la realidad que les rodea, pero lo que distingue a la primera es esa prosa burbujeante que en un principio produce desconfianza, pero enseguida se gana al lector mediante juegos de palabras y bromas privadas que hacen que el relato se enfoque desde ángulos imposibles cuya novedad atrapa.

Lorrie Moore (Glens Falls, Nueva York, EEUU, 1957), considerada una de las mejores cuentistas de su país y miembro de la Academia de las Artes y las Letras de América desde 2006, ha publicado dos libros de relatos, Autoayuda (1985) y Pájaros de América (1998), y dos novelas, Anagramas (1991) y El hospital de ranas (2004) para mantener después un largo silencio hasta Al pie de la escalera.

Esta novela tiene como protagonista a Tassie Keltjin, una estudiante en su primer año de universidad, que proviene de un desolado pueblo del Medio Oeste americano. Es hija de granjeros y nunca ha pisado un restaurante chino. La acción se sitúa en los meses posteriores al 11-S y se desarrolla en varios frentes: su trabajo como canguro de una niña mulata adoptada por una pareja progresista bien intencionada, su vida familiar disfuncional y sus relaciones con un tipo brasileño que puede que sea árabe. Tassie se convierte en espía y víctima de la hipocresía de la clase media alta norteamericana al entrar en un mundo extraño que esconde el polvo y los malos modales bajo una alfombra reluciente y políticamente correcta.

Moore no sólo analiza el racismo latente en la sociedad de su país poco después del 11-S, sino que enfrenta la inocencia de Tassie a sus propias dudas sobre lo que significa la responsabilidad moral. Cuidar de la niña mulata cuya madre adoptiva tiene un concepto de la maternidad que se reduce a lo puramente funcional, pone en evidencia las debilidades de su propia familia, lo difícil que es ser un buen padre, pero también un buen hijo, cuando ni siquiera se está preparado para afrontar las tragedias cotidianas. Esta obra encierra una dosis de su humor envenenado, al que ya nos tiene acostumbrados, a veces usado por sus personajes como escape al dolor, mientras se complace en las descripciones del ambiente y las psicológicas de personas puestas en un cruce de caminos frente a temas como los prejuicios, la inmigración, la adopción, las nuevas familias, la religión, los miedos modernos, la guerra, la desolación de ciertas pasiones, la culpa y la expiación.

A Moore no le queda la menor duda de que no somos impermeables al tiempo, de que las cosas que importan en el mundo cambian. Y eso es lo que quiere reflejar: el mosaico de la sociedad estadounidense del nuevo siglo XXI, engendrada súbitamente tras los atentados terroristas de Al Qaeda en 2001, porque de ese suceso procede la nueva sociedad que ella describe. Y eso lo consigue mediante una mezcla armoniosa y natural de formas, colores, sabores, efectos y sonidos, de contrastes y contradicciones. En su narración parece jugar con el sonido de las palabras en busca de un efecto evocador y de creación de frases llenas de imágenes y metáforas, o sarcasmos e ironías. Un aprendizaje que le viene de prestar mucha atención a la manera en que habla la gente, a su capacidad de observación, lo que lleva a que su voz se nos haga inconfundible.

©E.Z., diciembre 09

Afilando los cuchillos

Mercedes CASTRO, “Mantis”

Ed. Alfaguara, 2010, 456 páginas, 18’50 euros

Tanto para la cocina como para la literatura hacen falta buenas materias primas. Mercedes Castro (El Ferrol, 1972) lo sabe y en “Mantis”, su segunda novela, ha trabajado con esmero ambos aspectos. La conocimos en 2008, cuando publicó “Y punto”, una historia de registro muy diferente que fue muy bien acogida. Abogada de titulación, lleva toda su vida profesional vinculada a las letras por trabajar en una editorial, pero además ha publicado un poemario y varias obras de crítica literaria.

“Mantis” tiene como protagonista a Teresa Sinde, Teté, una famosa chef mediática, con un programa de TV y con un restaurante por donde pasa todo el que quiere estar a la última; pero esconde un poderoso secreto desde la infancia, aunque su imagen actual no la delate. Es una mujer fatal, relativamente joven, de cuyos fogones salen platos efímeros que sólo los paladares más exquisitos saben apreciar, venganzas que son la consecuencia inevitable de una juventud desgraciada, de una primera relación traumática y del recuerdo de una madre muy poco maternal. Es la suma de motivos que la empuja a llevar a los hombres a la perdición. Así, se convierte en una mantis cargada de humor y de ironía que explora la simpleza masculina hasta sus últimas fronteras, consumiendo a sus hombres como si fueran fungibles, igual que los exquisitos platos que prepara.

Sin embargo, no es una declaración de guerra al otro género, sino una crítica a los estereotipos sociales y profesionales, sean hombres o mujeres, y, sobre todo, un ataque directo al mundo de las apariencias, de las dobleces (en especial, al mundo editorial), que en la novela se refleja en la cocina, pero resulta extrapolable a cualquier otro ámbito. Se trata sólo de un telón de fondo que sirve para equiparar a las actuales figuras mediáticas de la gastronomía y de la literatura, por todo lo que tienen de apariencia y contradicción entre la creatividad y el negocio.

Para dar forma a todo ello, utiliza un estilo fluido, ligero y fácil. Toma prestadas abundantes citas que documenta al final del libro. Las conversaciones se resuelven en puras dramatizaciones, sin apoyos descriptivos, que son casi inexistentes. La intriga está muy bien dosificada hasta desembocar en un final sorprendente, algo que se agradece en un momento en que parece haberse impuesto la moda de los desenlaces planos.

© E.Zorrozua

Nueva fiebre del oro

Serge MICHEL y Michel BEURET, “China en África”,

Alianza Editorial, 2009, 320 págs., 22 €

Coincidiendo con la emergencia del gigante asiático en la economía mundial como nueva potencia comercial, los periodistas franceses Serge Michel y Michel Beuret acaban de publicar este ensayo sobre la expansión comercial de China en África por la búsqueda de materias primas. En él se demuestra con datos que durante los últimos veinticinco años el intercambio económico entre ambos se ha multiplicado por cincuenta. Sólo como ejemplo, en 2006 había 900 empresas chinas operando en territorio africano. La fórmula mágica consiste en que los chinos seducen a los dictadores africanos porque invierten y no hablan de democracia, y a los pueblos porque construyen carreteras y casas.

Lo que comenzó como una maniobra política, cuando a partir de 1949 la China Popular ayudó a los pueblos africanos a liberarse porque necesitaban los votos de los estados recién independizados en la ONU, ha terminado convirtiéndose en una macro operación económica. Ambas parten coinciden en que la corrupción, la falta de democracia y el incumplimiento de los derechos humanos son obstáculos salvables en aras de la prosperidad y del progreso.

El gobierno chino ofrece a los suyos toda clase de facilidades, desde asesoramiento legal y préstamos sin interés, hasta la garantía de que a su regreso les venderán terrenos a precios rebajados por los servicios prestados. Por su parte, los gobiernos de acogida amplían las zonas francas donde los inversores extranjeros se benefician de exenciones fiscales y no deben preocuparse por el impacto medioambiental.

La cuenca del Congo, la segunda selva tropical más grande del mundo después del Amazonas, está siendo brutalmente deforestada; ironías de la vida, las especies protegidas que son taladas de forma ilegal acaban como materia prima de muebles de Ikea, de quien China es el principal proveedor.

En otro orden de cosas, China, uno de los principales exportadores de armas del mundo, vende de forma indiscriminada armamento a los dictadores africanos, al tiempo que apoya técnica y logísticamente a las facciones rebeldes que pretenden  derrocarlos. El invento no es nuevo, pero el hecho de que se perpetúe saca ampollas.

Esta nueva colonización no complace a todos los africanos. De hecho, existen profundas tensiones en Níger, Camerún, Senegal o Zambia, lo que no es impedimento para que corran rumores de que los chinos están construyendo una vía férrea secreta que les permitirá enviar a su país todas las riquezas de África a través de Port Sudán el mar Rojo. Y sin embargo, tampoco es aislada la opinión de que “China no es desinteresada, por supuesto, pero los esfuerzos que despliegan para lograr sus objetivos ofrecen a África un futuro impensable hace sólo diez años. En el fondo, recuperan una confianza a la deriva, olvidados de todos en la tectónica de la globalización”

A la vista está que China ha desembarcado en África. Inmerso en un crecimiento económico desbocado, el país asiático necesita materias primas. Por su parte, África, pese a los expolios coloniales de los últimos doscientos años, sigue siendo la gran reserva de esas materias imprescindibles para las industrias modernas. Es la única fuente de financiación con que cuentan los Estados independientes, aunque a menudo no se utilice para el desarrollo del país, sino para mantener las dictaduras y una situación de guerra casi permanente. Pero China hace todavía menos preguntas que los europeos o los estadounidenses.

©E.Zorrozua, 4 octubre 09

Buscando la identidad

William BOYD, “Bambú”

Ed. Duomo, 320 págs., 19 €

Consolidado literariamente como componente de la cosecha “Granta 1983”, junto con Ian McEwan, Martin Amis, Julian Barnes y otros, William Boyd (1952), nació en Ghana, se crió en Nigeria y fue educado, mitad y mitad, entre Escocia y Francia. Pertenece, según sus propias palabras, a la última generación colonial y expatriada.

Es, probablemente, lo que explica que en sus obras (“Un buen hombre en África”, “Como nieve al sol”, “Las nuevas confesiones”, “Sin respiro”, “Armadillo”…)  aparezca siempre como telón de fondo el tema de la identidad. Ser un niño blanco en el África negra, tener sangre escocesa pero no ser aceptado por los escoceses, sentirse en casa lo mismo en Francia que en cualquier otra parte, le hace preguntarse de continuo por sus raíces y nutre su obsesión identitaria.

“Bambú”, todavía caliente y con la tinta fresca, es una colección de ensayos que se divide en seis apartados (Vida, Literatura, Arte, África, Cine, Personajes y lugares) y que reúne artículos de Boyd que se han ido publicando a lo largo del tiempo, desde 1978, en medios tan emblemáticos como “The Times”, “Times Literary Supplement”, “Spectator”, “Observer Magazine”, “London Review of Books” y “Sunday Telegraph”. Se trata de una miscelánea que combina al mismo tiempo el punto de vista del crítico curioso que se pregunta sobre los entresijos del arte, el fotógrafo de grandes urbes como Londres o París y el contador de sabrosas anécdotas sobre el mundo del cine., todo ello con una aguda mirada periodística y una capacidad de reflexión admirable. En ocasiones, adopta un tono intimista para describir episodios de su vida en África o en el colegio de Niza. El tono que utiliza forma parte de su filosofía personal: observa la vida desde un ángulo de comicidad para explicar el absurdo de muchas situaciones. Es un escritor serio a quien el humor le sirve como una forma de expresión. Él mismo se define como un “humorista serio”.

El hecho de estar adscrito a la nómina de la generación de “Granta 83” supone para él una idea retrospectiva. Recuerda que cuando se reunieron todos los elegidos para posar en una foto de grupo, no se conocían entre sí, y que fue a partir de ese evento cuando desarrollaron cierto trato, pero sólo como resultado de ese encuentro artificial. Para Boyd, esto demuestra que no existía tal movimiento y que la única explicación  que cabe dar es que en ese momento la novela empezó a despertar mayor interés que el teatro, así que un conjunto de escritores emergentes, en vez de producir guiones o textos dramáticos, se decidieron por la narrativa.

Escritor prolífico en numerosas áreas, Boyd ha cultivado artículos y ensayos cortos, novelas, relatos y guiones que se alimentan de diferentes géneros. Sus textos de no ficción (prefacios, perfiles, reseñas, introducciones) abarcan también diversos intereses y experiencias.

Este recopilatorio viene editado por Duomo Ediciones, un sello de reciente entrada en el panorama español, perteneciente al grupo editorial Mauri Spagnol, el tercero más importante de Italia, que tiene la intención de publicar unos treinta títulos al año tanto de narrativa internacional como de ensayo divulgativo.

©E.Z., octubre 09

Cuando la tierra habla

Mikel ALVIRA, “El silencio de las hayas”

Donostia,  Ed. Ttarttalo,  2009,  389 páginas.

Estamos ante un relato telúrico en el que a los personajes les entra el espíritu de la tierra por las plantas de los pies, como a los árboles por las raíces. Es una historia arraigada al Pirineo navarro, a la casa de Sorogibel y a una mujer, Cataline, que funciona como leit-motiv del clan, como principio y fin de todo lo que ocurre, piedra de toque que pone en marcha comportamientos y esperanzas cuando todo está perdido. Este elemento llega como una reminiscencia del matriarcado tradicional de la zona y hace que la figura de la madre se agigante ganando atributos extraordinarios y cohesionando a pesar de su ausencia a la familia que se desperdiga sin remedio.

Mikel Alvira (Iruñea, 1969), escritor prolífico y polifacético que cultiva el ensayo, el guión cinematográfico, la novela, el relato y la poesía, multipremiado con galardones como el Nuevoser de Buenos Aires, el Fogón Saint Julen de París, el de Novela No Sexista del Ayuntamiento de Santurtzi y el Internacional de Poesía de Segorbe, afianza su escritura con esta novela, “El silencio de las hayas”, que viene a ser una saga familiar a lo largo de cuatro generaciones (Miguelón, Mieltxo, Miguel, Miguelico) entre 1900 y 1960. La intrahistoria doméstica avanza entrelazada con los avatares tumultuosos de la historia de España en ese periodo (el advenimiento de la República, la Guerra Civil, el exilio). La geografía elegida, Larraskoain, el pueblo más alto del valle de Geiunli, desde el que se cruza y descruza la muga como algo cotidiano tiene la lectura de lo común y compartido por encima de las fronteras artificiales y de que las cosas no son siempre según parecen estar establecidas.

El hilo conductor viene marcado por una acción trepidante, llena de sorpresas, muy en la línea de la novela de aventuras, en la que los personajes se van pasando el testigo unos a otros como en una contrarreloj acelerada. Nada es estable; todo está siempre sujeto a cambio. Los personajes se hallan en todo momento ante encrucijadas y se ven obligados a elegir entre lo que a menudo parecen simples hechos cotidianos. Pero esas elecciones les acarrean consecuencias inesperadas que muchas veces afectan a la familia entera. Ése viene a ser el punto gordiano de reflexión al que nos quiere conducir Alvira con su historia: la enorme trascendencia potencial de lo aparentemente anecdótico.

Todo ello, tejido en un estilo ágil y suelto, que fluye solo y se impregna a ratos, con esmero preciosista, de la sintaxis vasca de los personajes que presumiblemente hablan en euskera. Un estilo fresco y cercano, plagado de diálogos rápidos y eficaces, carente de retoricismos inútiles, para ganar en verosimilitud y hacernos oír las voces diferenciadas de los habitantes del valle, de los mineros vizcaínos o de los policías de Pamplona. Con todo, Alvira trasciende los límites del costumbrismo mediante la incorporación de temas que están en el imaginario universal.

“El silencio de las hayas” viene a ser un título cargado de simbolismos que nos remite a ese vínculo indisoluble entre la gente y la tierra, a ese árbol de carácter sagrado que viste la franja habitable del Pirineo y ha sido testigo de secretos y atrocidades, a esos pactos no verbalizados que ligan a las personas y que, tras la diáspora forzada, reúnen a todos los Sorogibel en el exilio, al otro lado de la muga, donde también están presentes las hayas. Y, seguramente, también a ese miedo a la palabra que impuso la dictadura, pero que nada pudo hacer frente a la resistencia, silenciosa pero activa, de los sometidos.

©E.Zorrozua, enero 10

Instinto, frugalidad, rigor

Katherine Ann PORTER, Cuentos completos,

Debolsillo, 2009, 711 páginas, 10 €

Quienes se empeñan en seguir considerando el cuento como un género menor debe de ser que no han tenido la oportunidad de leer los relatos de K.A.Porter, cuyos Cuentos completosacaban de ser reeditados, ahora en bolsillo. Con un pie literario en su Tejas natal y el otro en Méjico, teje un entramado homogéneo al que da unidad desde la intuición de su base autodidacta, ejercitada con la pulsión de lo inevitable.

Callie Russell Porter nació en Indian Creek, Tejas, en 1890, pero hasta 1924, año en que se divorció del primero de sus cuatro maridos, no adoptó el nombre de Katherine Ann Porter, el de su abuela paterna, con el que sería conocida como escritora y con el que edificó una obra literaria con una fuerte carga autobiográfica que sobrevivió al paso del tiempo y la convirtió en una referente ineludible en el terreno del relato corto, relato largo, novela breve y novela, recopilados en este volumen con el que ganó en 1965 el premio National Book Award y, en 1969, el premio Pulitzer.

Su primer libro de relatos, Judas en flor (1930), tuvo un éxito inmediato. Los cuentos, algunos ambientados ya en Méjico, fueron elogiados por su penetración psicológica y excelente técnica. Después vinieron Hacienda (1934), Vino de la luna (1937), Caballo pálido, jinete pálido (1939). Su única novela, La nave del mal (1962), en la que describe un viaje en un trasatlántico en vísperas de la II Guerra Mundial, fue llevada al cine en 1965. Su última obra, El error interminable (1977), trata del caso Sacco-Vanzetti, los anarquistas italianos que fueron condenados a muerte en 1920, a pesar de que la opinión mundial pidió la conmutación.

El poder narrativo de esta escritora era ya reconocible en sus primeros textos, donde con un gran dominio del estilo y del idioma acumula detalles descriptivos para pintar una situación en la que atrapa a sus lectores sin remedio. Y lo hace con una economía de medios a la que saca el mayor provecho posible. A menudo, la situación inicial parece no reunir los elementos imprescindibles para una historia y, sin embargo, ante los ojos incrédulos del lector, el relato empieza a crecer hacia dentro hasta convertirse en un tinglado que cobra vida propia, que a veces emociona y otras produce una gran extrañeza, pero nunca deja indiferente. Todo ello hace que su producción se inscriba dentro de la línea narrativa de la gran literatura de EEUU y que tiene sus mejores representantes en John Steinbeck y en William Faulkner.

Nunca le interesó lo que el público pensara de ella o de su obra. En cambio, empleó su vida entera en saber quién era, qué era, dónde estaba y en qué se ocupaba. Algunas veces casi logró encontrar las respuestas. Por suerte para ella, sus padres no fueron unos intelectuales, pero sí extremadamente inteligentes, cultos y amantes de la lectura. Tenían una buena biblioteca y escuchaban música clásica. Ese ambiente inicial y unas dotes innatas parece ser que bastaron para hacer de ella una escritora de raza, a pesar de no haber recibido una formación específica.

Su vida fue azarosa en todos los sentidos: viajó constantemente por América y por Europa y, pese a sus cuatro matrimonios, jamás encontró la estabilidad afectiva en pareja. Falleció en Silver Spring, Maryland, en 1980, a los 90 años. Sus restos fueron sepultados al lado de los de su madre en el Cementerio Indio de Creek, en Tejas. Entre tanta vida a contrapelo y con infinidad de problemas, Porter tuvo tiempo de plasmar una obra literaria que logró a tiempo un justo reconocimiento. Enemiga de trucos publicitarios, nunca consiguió ser una de las narradoras más leídas de su país, pero influyó en autores más jóvenes debido a un estilo objetivo, cuidadoso, capaz de atinar con las expresiones irremplazables.

© E. Zorrozua, 19 abril 09

MICHEL HOUELLEBECQ

El mapa y el territorio  (Premio Goncourt 2011) 

Ed. Anagrama, 2011, 377 páginas, 21’90 euros

 

Este escritor francés (1958) controvertido ha urdido en esta ocasión una historia poliédrica de la que hay que tomar distancia para apreciar la complejidad del resultado final. Houellebecq trabaja con el silencio y la astucia de una planta carnívora que atrae y engulle al lector sin que este lo note apenas. Los acontecimientos se desarrollan de forma natural, sin forzar su encadenamiento; los personajes también se van incorporando como gente que pasa y que se queda un rato a formar parte de la trama. En realidad, solo hay un par de ellos que espesan lo suficiente como para dejar honda huella en quien pasa las páginas. Pertenecen a ese grupo de creaciones que una recuerda muchos años después de haber cerrado el libro.

Jed Martin es un personaje extraño que pretende pasar desapercibido, uno de esos tipos raros-raros. No le exime su calidad de artista, porque tampoco lo es a tiempo completo ni en una sola disciplina. Tiene la suerte de no tener que preocuparse por el dinero, así que crea solo cuando siente el impulso.

Su relación con el otro personaje principal, Michel Houellebecq, es la que podría generarse entre dos perros verdes. Michel Houellebecq, a su vez, supone la elaboración de un personaje que con toda seguridad, no es el autor, aunque se llame como él y se dedique a la misma profesión, y al que el autor de verdad trata sin ninguna piedad, como si quisiera vengarse de sí mismo.

Otro aspecto ineludible viene dado por la ingente documentación que aporta y la infinidad de incisos que realiza para incorporarla. Esa tendencia que a todo escritor incipiente se le señala como el mayor de los defectos posibles, en esta obra se integra sin un solo chirrido, sin una sola arruga. No solo no estorba, sino que incluso se agradece.

Además de todo eso, el autor construye una historia de anticipación sobre el fin de la era industrial, pero sin dejarse llevar por la tentación del catastrofismo. Más que una novela de rodada suave, supone el trazado de un mapa que marca un territorio sobre el que se circula levitando con suavidad

Es como si esta vez Houellebecq hubiera conseguido controlar toda esa rabia que mostraba en ocasiones anteriores, para escribir la que dicen que es su mejor novela hasta la fecha. Y debe de serlo, por la amplitud de temas y la maestría en el tratamiento. Uno de esos libros que una deja a mano en el estante con la certeza de que lo va a releer.

© Esther Zorrozua, febrero 2012

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