LAS MUJERES DE LA RIVE GAUCHE

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TZVETAN TODOROV

Elogio de lo cotidiano de Tzvetan Todorov

Posted: 12 May 2013 12:39 PM PDT

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    Hubo un tiempo en que el tema religioso primaba en la pintura europea y americana (sobre todo en Hispanoamérica). Ello se debía no tanto a la fe que, en mas o en menos, pudieran profesar los pintores como al hecho de que la Iglesia, como ejercicio propio de la manifestación de sus credo y de sus intereses (su poder sí es, también, de este mundo), era quien encargaba el trabajo a los  pìntores. Y les pagaba.

El resultado, si bien de elevado nivel artístico, resultaba a la vez (o podía resultar) un tanto lúgubre por el tema y por su implícito efecto deliberado sobre el espíritu emocional del espectador. Una visión que, hacia el siglo XVI, un siglo culturalmente defensor y propiciador de los viajes de exploración, de la observación de la naturaleza y de la aventura hacia lo nuevo y desconocido resultaba, cuando menos, impropio.

Fue, al parecer, Guillermo de Orange quien dio orden de un cambio de actitud, de temáticas. Así, a través de encargos y haciendo gala de los buenos resultados del comercio, invitó al cultivo de temas más próximos a la realidad cotidiana: los temas pictóricos, pensaba,  habrían de ser más profanos, más luminosos; menos constriñentes o amenazadores como, en muchos casos, cultivaba la temática religiosa.

El propio Todorov, este eminente socio-antropólogo-filósofo lo expone de una manera muy clara: “Recordemos otra forma de interpretación,
perfectamente legítima en el caso de la pintura holandesa del siglo XVII: la que se pregunta por el sentido genérico, o típico, de la escena representada. Las actividades domésticas evocan las virtudes de la dedicación, del trabajo, del cumplimiento del deber y los juegos, la bebida y las escenas de burdel ilustran diferentes formas de disipación” El mismo credo religioso, sin duda, había cambiado.

Tal es el motivo esencial de que trata el libro: analizar, a través de magníficos ejemplos de la pintura de la época, la fuerza innovadora y la expresión de una forma de vivir en una sociedad ya no condicionada por la religión, y sí por los bienes materiales. Es así que, en hermosas láminas, podemos encontrar en el libro ejemplos de la obra de Rembrandt, Vermeer, Metsu (una grata sorpresa), Frans Hals o De Hooch. Se estudian, analizan e interpretan las imágenes con un cuidado y una capacidad obervadora extraordinarias,  de tal modo que lo aprendido de ello resulta muy revelador y didáctico

Un libro, pues, si bien breve, hermoso y representativo de la época citada, y ello tal vez porque “En general, a las personas representadas en los cuadros holandeses del siglo XVII parece gustarles lo que hacen. Pero sobre todo a los pintores parece gustarles las personas a las que pintan y el mundo material que las rodea”.

Ficha técnica

Páginas: 128 Precio: 22€
CÓMPRALO EN LETRAS DE PAPEL
A lo largo de la historia del arte se han producidovarias rupturas temáticas y de estilo: así por ejemplo cuando en el siglo xv, junto a la representación de lo divino, irrumpe en la pintura el retrato del individuo. (Véase Tzvetan Todorov, «Elogio del individuo», Galaxia Gutenberg, 2006.) Otra no menos relevante tiene lugar cuando en la pintura holandesa del siglo xvii, en vez de los personajes históricos, mitológicos o religiosos, las telas se pueblan de temas de la vida cotidiana. De repente parece como si ni en la pintura ni en el mundo no hubiera ya espacio para héroes ni santos. Los soldados, que encarnaron siempre las virtudes heroicas por excelencia, aparecen descansando o tomando vino, jugando a cartas, cortejando a jóvenes damas o durmiendo. La pintura pasa a someterse únicamente a lo existente y evita la idealización y lo edificante. Deja de inventar la belleza para descubrirla en lo que rodea al hombre. Y busca convertir en bello aquello que no lo es. ¿Por qué se produce esta transformación? ¿Por qué en los Países Bajos? ¿De qué cambios más profundos en la sociedad europea es el reflejo? ¿Qué nos enseña hoy que vivimos amenazados por nuevas formas de degradación de la vida cotidiana? Éstos son algunas de las preguntas a las que se enfrenta Tzvetan Todorov en el presente libro a través del estudio de obras maestras de Rembrandt, Vermeer, Metsu, Franz Hals, Gerard Dou o De Hooch entre otros. Una muestra más de su magisterio a la hora de descubrir y explicar las grandes corrientes subterráneas que mueven la historia de las sociedades humanas.

 

Reseñado por Ricardo Martínez

 

 

Escrito por Tzvetan Todorov

Nació en Bulgaria en 1939 y emigró a París en 1963. Estudió filosofía del lenguaje con Roland Barthes e integró el círculo de estructuralistas franceses agrupados en torno a la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París a mediados de la década de 1960.
Es autor de numerosas obras sobre literatura y ciencias sociales, y fue codirector de la revista Poétique. Se ha desempeñado como Director de Investigación Científica de Francia.
Luego de un primer trabajo de crítica literaria dedicado a la poética de los formalistas rusos, su interés se extendió a la filosofía del lenguaje, disciplina que concibió como parte de la semiótica o ciencia del signo en general. Como ensayista, historiador y filósofo se ha interesado, además, en el análisis de la cultura y en temas como la democracia, la memoria histórica, el estudio del Otro y la tolerancia.

 

 

 

LO QUE CONCIERNE A LA ESCRITURA

La letra en el abismo

2012-02-18, Milenio on-line

 Las preguntas sustanciales carecen de respuesta. La que concierne a la escritura va más allá de la razón por la cual se escribe; tiene que ver con el significado de la escritura en sí misma, no como procedimiento estilístico, sino como acto divino reflejado en las pulsiones humanas: la creación. Blanchot, Derrida y Lévinas, teóricos cuya obra desplegó complejos puentes entre el hombre y el lenguaje, consagraron una parte importante de su trabajo al análisis de los libros de Edmond Jabès: el apátrida, el errante, el judío.

La metáfora del mundo como libro, extraída e interpretada desde el simbolismo judeocristiano, y visualizada mediante la Cábala, es el espinazo del pensamiento de Jabès (1912-1991), nacido en El Cairo, hijo de una familia de origen sefardí y educado en la tradición francesa. En 1956, tras la Guerra de Suez y culminando una milenaria tradición de acoso y destierro, el presidente Nasser expulsó de Egipto —nuevamente— a la comunidad judía. Jabès se estableció en París, donde hizo amistad con los surrealistas, aunque nunca se adhirió a los postulados de éste ni de otro movimiento literario. Moldeados por el culto al libro, sus versos tienen la oscura potencia de la mística y recogen la sabiduría ancestral de las sentencias rabínicas. El desamparo que transmite cada una de sus frases no proviene de un lamento surgido por los acontecimientos históricos, sino de una condición primigenia arrastrada desde un principio, antes incluso de llevar la marca del pueblo elegido; apela al impulso nómada que el hombre conserva como vestigio de una existencia anterior a la construcción de ciudades.

En el desierto, tópico que vincula espacio y tiempo, la arena está hecha de granos de silencio, es el blanco de la página. Ahí, donde Dios derrama su presencia, en el libro, es donde empieza y termina la obra de Edmond Jabès. El libro nos ata. Así, “el escritor y el judío no son sino el tormento de una antigua palabra”. Sin embargo, su labor no es exegética ni crítica. Se equivocan radicalmente, declara el autor de El pequeño libro de la subversión fuera de sospecha, quienes asimilan cualquier parte de El libro de las preguntas a una teoría de la escritura. La voz de Jabès se resiste en igual medida al dogma y a la futilidad, es íntima y colectiva al mismo tiempo. Esther Seligson decía que “el libro se descifra en la relectura que de él emprende cada lector que se abre para ir al encuentro de su propio rostro; leer y releer con la devoción de un iniciado”.

En uno de los versos de En su blanco principio, escribe Jabès que “una palabra tiene por destino otra palabra”; encadenamiento que sugiere la infinitud del pensamiento divino. El logos avanza y la escritura es también viaje; el perpetuo exilio del extranjero. En cada paradoja, Jabès busca la intuición de lo no escrito, aquello que, sin embargo, ha estado siempre sobre la página. El también autor del Libro de las semejanzas declara que se escribe siempre sobre el propio abismo y demuestra que si las preguntas sustanciales carecen de respuesta es porque tienen demasiadas.

Penélope Córdova • fegari13@gmail.com

EL CEREBRO Y EL SUEÑO

El cerebro puede ser entrenado para soñar solo cosas agradables

10:40h | Raúl Casado | Agencia Efe

Desterrar el miedo, el pánico a dormir que pueden llegar a experimentar las personas que han sufrido algún trauma, y adiestrar el cerebro para soñar sólo en positivo es ya posible y algunos científicos no dudan de que puede convertirse en una práctica clínica habitual en el futuro. Los “sueños lúcidos” -ése es el nombre con el que los psicólogos han bautizado esta técnica- se consiguen mediante la estimulación del cerebro dormido con corrientes eléctricas de baja intensidad, una técnica, mantienen los investigadores, absolutamente exenta de riesgos y con la que el paciente distingue “siempre” lo que es real de lo que es sueño.

Una de las investigadoras que ha volcado parte de su trabajo durante los últimos años en esta nueva técnica es la alemana Úrsula Voss, catedrática de Psicología en el Instituto de Psicología de la Universidad Friedrich-Wilhelms de Bonn, que ha estado en Madrid invitada por CosmoCaixa. En una entrevista con EFE, Voss asegura que están ya comprobando los resultados y que pronto van a publicar las conclusiones de la investigación en una revista científica. “La terapia es muy positiva para pacientes traumatizados: los que regresan de una guerra, los que han sufrido violencia sexual o quienes han tenido una pérdida dolorosa y sufren por ello cuadros de ansiedad, de depresión o pesadillas”.

Si dormir es necesario “soñar es sano”, dice la catedrática alemana, pero insiste en la necesidad de superar la ansiedad y el pánico al sueño y en la oportunidad que esta terapia ofrece de entrenar el cuerpo humano para que sea capaz, gracias a esas técnicas de inducción, de “generar” sueños lúcidos. Y lúcidos no implica que esos sueños tengan que ser placenteros, advierte la investigadora, y precisa que se trata de llevar a la persona a un estado psicológico “en el que sabe que está soñando y qué está soñando”. La terapia no conlleva ningún riesgo, insiste la catedrática, pero también advierte de la proliferación en internet de técnicas aparentemente similares pero que carecen sin embargo de ninguna base científica. “Sabemos además que es un sueño y que nada nos puede ocurrir” explica Voss, para quien esta técnica puede resultar “clave” para la ciencia “porque nos da la oportunidad de observar el cerebro.

En el sueño no hay futuro ni pasado, todo lo que ocurre es aquí y ahora”. A su juicio, una de las claves de la psicología es definir con exactitud qué es la consciencia, ese nivel que diferencia a los humanos de los animales o de la inteligencia artificial. “No somos mejores por ser más inteligentes, sino porque somos conscientes; la consciencia tampoco nos hace necesariamente mejores, pero sí diferentes”, y sitúa en un terreno entre la consciencia y la inconsciencia la técnica de los “sueños lúcidos”, una terapia que compara con la hipnosis y con el exitoso funcionamiento que ésta ha demostrado para tratar muchos traumas psicológicos. Los “sueños lúcidos”, que ya se están aplicando en clínicas de varios países, no pueden sustituir la medicación que tenga pautada un paciente, pero sí permiten al psicólogo -asegura- adentrarse en el fondo de un paciente. “Es una herramienta muy potente porque llega al subconsciente y el paciente tiene cierto control sobre los estados que le asustan”.

Y por supuesto insiste esta catedrática en que se trata de una terapia que va a resultar útil para superar por ejemplo un trauma psicológico, pero “nunca” para trabajar sobre los cerebros dañados de aquellas personas que padecen enfermedades neurodegenerativas. Durante esta terapia el psicólogo puede incluso llegar a identificar la estructura cerebral involucrada en un “sueño lúcido”, ha precisado Úrsula Voss, quien ha incidido en que el paciente suele “despertar” eufórico, “y ése es el momento en el que se le puede ayudar a modificar un estado de ánimo, y conseguir elevar su autoestima haciéndole sentir capaz de controlar sus sueños”. EFE

LA VANIDAD LITERARIA

La vanidad literaria

JAVIER GOMÁ LANZÓN 21/01/2012 ,  www.elpaís.com

Me encuentro con un amigo quien por convicción o por compromiso empieza a dedicar palabras amables a un artículo mío reciente. Los elogios suenan a gloria en mis oídos pero yo niego con la cabeza y hago un gesto con las manos como rogándole que pare, que no siga, que sus lisonjas son excesivas y me hacen sonrojar. Entonces la conversación salta con naturalidad, por pura asociación, a otro tema y de éste a otro más distante aún, y siento una punzada en el pecho. Ya estoy echando de menos más alabanzas. Pero el otro no se percata de la ansiedad que me invade y, tan confiado el hombre, sigue perorando sobre materias que, honradamente, ya ni escucho. Yo, que hace unos minutos afectaba modestia, ahora estoy dispuesto a mendigar un encomio más al precio que sea. El amigo parece haber perdido interés en mi artículo, antes tan ensalzado, así que tengo que ser yo mismo -¡parece mentira!- quien haya de recordar al ingrato el hilo perdido: “Así que me decías que te gustó mi artículo…”.

Ay, la vanidad literaria. Muchos la censuran, condescendientes. Vale la pena ensayar su apología, puesto que la conozco en primera persona. No soy el único. Hume escribe en su Autobiografía: “Ni siquiera el ansia de fama literaria, mi pasión dominante, ha agriado en ningún momento mi carácter, a pesar de mis frecuentes desengaños”. Su Tratado de la naturaleza humana (II, I, 11) dedica un capítulo al ansia genérica de fama, pero no se refiere a las singularidades de la literaria, donde la sed de reconocimiento alcanza perfiles neuróticos. En cambio, en La norma del gusto, otro ensayo suyo, ofrece una pista. Dada la evidente diversidad de juicios estéticos en la historia, en los pueblos y aun dentro de una misma sociedad, ¿dónde hallar la regla que sirva para discernir con algún fundamento la belleza de una obra artística? Responde Hume que no hay otro criterio que el veredicto unánime de jueces con gusto delicado, libres de prejuicio, dotados con capacidad de comparación y auxiliados por una práctica constante. A falta de otros expedientes mejores, la única forma de conocer el valor de la obra literaria que uno produce es, en consecuencia, procurarse la aceptación de los demás.

En las ciencias de la naturaleza, el conocimiento es objetivo. El científico formula una hipótesis y ofrece una demostración empírica de ella. Es requisito indispensable que cualquier persona pueda repetir el experimento en su laboratorio con idéntico resultado si reproduce las condiciones establecidas. La comunidad científica ha de admitir al final, superando los posibles intereses creados, esta nueva verdad positivamente contrastada. Precisamente por su carácter verificable, el conocimiento de esta clase es acumulativo. Hoy sabemos acerca de la naturaleza física o biológica mucho más que hace un siglo, incomparablemente más que hace un milenio. Y en la medida en que el conocimiento progresa, los avances más modernos despojan de validez a los descubrimientos científicos anteriores. El elemento de la ciencia es el presente y el futuro mientras que cada nuevo hallazgo convierte de golpe el pasado en arqueología.

La historia de la ciencia se resume en la historia de ilustres falsedades o de verdades a medias superadas o completadas por otras posteriores. ¿A quién, fuera del historiador, le interesa un estadio primitivo de la teoría cuando ya dispone de su forma más perfecta? Tiene el mismo atractivo que el iPad 1 cuando ya está a la venta el iPad 3. De lo anterior no se sigue que los científicos estén libres de vanidad; como todos los hombres, quieren fama y reconocimiento, y algunas querellas en la tetera científica han sido muy resonantes. Pero la vanidad -la aceptación ajena- es en este caso achaque de los científicos, no de la ciencia, la cual dispone de otras formas más seguras de sancionar y jerarquizar sus progresos.

En el ámbito literario, en cambio, la historia no es acumulativa. ¿Es superior Tolstói a Goethe, éste a Shakespeare, éste a su vez a Dante, Virgilio y Homero? La obra de uno de ellos no anula la validez de la anterior ni la reemplaza. El espíritu artístico no progresa -como lo hace el relevo que se traspasan de mano en mano los atletas- sino que deviene, y sus obras maestras, aun las más antiguas, disfrutan todas de una actualidad simultánea. Aquí la categoría de progreso no es explicativa. Y no lo es porque carecemos de un criterio objetivo que determine la verdad literaria. ¿Ha sido sometido Platón a un experimento científico que advere la exactitud de sus proposiciones filosóficas? No. ¿Dónde reside, pues, su verdad? En que durante generaciones y generaciones, hasta hoy, la lectura de los Diálogos ha resultado fecunda para muchos. La función que tiene en las ciencias el laboratorio la cumple en la literatura el consenso.

El sacerdote belga Lemaître fue el primero en demostrar la expansión del universo pero hemos leído recientemente que cuando conoció que el astrónomo norteamericano Hubble había llegado a idénticas conclusiones por su cuenta, aunque más tarde que él, se desentendió de su descubrimiento. Para el bueno de Lemaître la verdad objetiva era lo sustantivo; quién la enuncia primero -y el reconocimiento por sus colegas de esa prioridad-, lo adjetivo. Esto es impensable entre nosotros, los literatos, porque el valor intrínseco de lo que producimos lo concede en exclusiva la sociedad a través de sus incontrolables y difusos consensos trenzados alrededor de nuestro nombre. Vivimos en un ay pendientes de la opinión ajena y mendigamos desvergonzadamente el aplauso porque en esta aprobación se revela la verdad de nuestra obra incluso ante nosotros mismos. Sé indulgente, lector, con la vanidad literaria, esa pasión dominante. Si tenías pensado elogiar algo mío, hazme llegar tu opinión sin tardanza por tierra, mar o aire. Cuando amague un gesto de fingido recato, no te dejes llevar por las apariencias. Tú sigue y sigue. Me va la vida en ello.

LA MAISON DES AMIS DES LIVRES

La librera que se adelantó a su tiempo

16/12/2011 por: David González Torres

A Monnier en aviondepapel.tv

La Maison des Amis des Livres fue una mítica librería de París que frecuentó André Bretón, Samuel Beckett o Ernest Hemingway, entre otros grandes de la literatura. El libro, casi de memorias, Rue de l´Odeón recoge el testimonio póstumo de su fundadora Adrienne Monnier. Esta mujer visionaria cambió el concepto de librería: vinculó su local a la intelectualidad, creó un servicio de préstamo de libros y fundó varias editoriales para traducir autores extranjeros.

Adrienne Monnier se suicidó el 18 de junio de 1955. Padecía el síndrome de Ménière. Un pitido taladraba constantemente su cabeza. Los papeles que se encontraron tras su muerte se compilan hoy en Rue de l´Odeón (Gallo Nero, 2011). Este libro es una pequeña autobiografía que muestra la vida y trayectoria de una mujer emprendedora, que acometió la aventura de fundar una librería, en un tiempo en el que la palabra librera estaba vinculada más a las viudas o a las herederas de los libreros.

El establecimiento lo abrió en la Rue de l´Odeón, justo en el Barrio Latino de París. Lo llamó La Maison des Amis des Livres, un nombre ya mítico para el gremio librero. Era 1915. Poco después, la Primera y la Segunda Guerra Mundial devastarían Europa.

La Maison des Amis des Livres se convirtió en lugar de encuentro de escritores, cuyas obras pasaron a la universalidad de la literatura: Paul Valèry, Samuel Beckett o Ernest Hemingway, por ejemplo, frecuentaron el local. Sin embargo, el establecimiento no sólo logró fama por ello, sino también porque Monnier revolucionó, a su manera, el concepto de librería.

En Rue de l´Odeón, por ejemplo, se narra cómo en 1917 Monnier organizó su primer encuentro poético sobre la obra de Paul Valèry. Era una tarde de invierno y en La Maison des Amis des Livres se darían cita Léon-Paul Fargue, André Gide y un André Bretón, precursor del surrealismo, aún en uniforme militar. La guerra no había terminado y la lectura de poemas comenzó bajo la tenue luz de unos candelabros.

Aquellos encuentros literarios no fueron la única marca de la casa de La Maison des Amis des Livres en los años posteriores de entreguerras. Monnier también se percató de que los tiempos habían cambiado. Después de la primera contienda mundial, los libros eran caros y la gente no los compraba como antaño. Asimismo, los libreros tenían que competir con los gabinetes literarios (centros con préstamo de libros), con la radio y con los semanarios de literatura.

“No teníamos mucho dinero, detalle que nos obligó a especializarnos en la literatura `de la época´. Apenas abrimos con 3.000 volúmenes, mientras que algunos gabinetes de lectura se anunciaban con hasta 100.000 libros”, escribió Monnier.

Además de esta cuidada selección de títulos y autores nuevos, la librera también apostó por una venta híbrida. Así, La Maison des Amis des Livres desplegaba en su entrada un tenderete de libros de segunda mano y de saldo.

Asimismo, Monnier fue contra la doctrina dominante de que el préstamo mataba la compra. Los gabinetes literarios prestaban libros a cambio de una cuota y ella quiso emular el sistema. Su librería decidió crear un abono de lectura para prestar novelas y poemarios. Sus clientes se llevaban un ejemplar, lo leían y, luego, si les gustaba, lo adquirían.

“Resulta casi inconcebible comprar una obra sin conocerla. (…) Toda persona de cierta cultura experimenta la necesidad de tener una biblioteca particular compuesta por libros que le gustan”, explicaba Monnier en sus escritos.

“Después de la guerra se editó demasiado. La especulación es la causa de todos los males. ¿Es el uso del préstamo lo que ha mermado las compras? La gente como nosotras no tiene razón para afrontar con pesimismo el futuro del libro: la élite no ha disminuido, más bien al contrario”, profetizaba Monnier en Rue de l´Odeón.

Otra de las iniciativas de Monnier fue lo que ahora se llama estrategia vertical. Aquella librera primeriza maduró y creó varias editoriales para traducir libros extranjeros. Por ejemplo, ella fue quien introdujo la obra de Hemingway a los lectores franceses o quien logró que Samuel Beckett tradujera Finnegans Wake, de James Joyce.

Toda aquella pasión por los libros culminó un 18 de junio de 1955. La Maison des Amis des Livres cerraba unos años antes de la muerte de su fundadora, tras tres décadas de actividad literaria.

“Pongo fin a mis días al no poder soportar más los ruidos que me martirizan desde hace ocho meses”, escribía antes de su suicidio.

PEDRO UGARTE

 Los que más tienen,  PEDRO UGARTE 

El País, 03/12/2011

 

Las fuerzas progresistas deben asistir tranquilas al reinado de Rajoy: Mariano subirá los impuestos. Y lo hará como se hace siempre en política: subiéndolos a “los que más tienen” y a “los que más ganan”. Es decir, subiendo el IVA en el consumo, el IRPF de las rentas del trabajo y los impuestos especiales. “Los que más tienen” y “los que más ganan” deben de estar temblando, seguramente.

Dijo Jules Renard: “Queremos el colectivismo para el castillo de enfrente, no para nuestra pequeña casa de campo. La situamos en una zona neutral”. Vamos, que ricos son exactamente los que tienen más que nosotros. Nosotros somos la medida exacta del éxito al que puede aspirar una persona decente: a partir de ahí, el dinero es un exceso que sólo se explica a través del robo o la estafa. La política se vale de estos deshonrosos resortes para promover la envidia. Es la envidia insana la que respalda emocionalmente las subidas de impuestos. Lo grotesco es que las subidas, al final, se aplican no sobre los envidiados, sino sobre los envidiosos. Y está bien que el estado castigue, aun sin querer, la envidia, pero no estaría mal que abordara otros pecado capitales. Siempre he pensado que los ricos, los auténticos ricos, asisten a todo esto con una pizca de piedad. Ellos leen la prensa salmón en los salones del club, reconfortados por no tener nada a su nombre. Tener cosas a tu nombre es una ordinariez pequeñoburguesa, que el estado social se encarga de castigar. En el estado del bienestar, todo propietario es un pardillo. Los ricos hace tiempo que dejaron esa fea costumbre. Ellos participan en sociedades, fundaciones, patrimonios, entes abstractos. Es otro estilo.

Cuando se habla de subir impuestos siempre se alude a “los que más tienen” y “los que más ganan”. Pero me pregunto si entre las previsiones de los políticos también hay algo preparado para “los que más trabajan”. Realmente nunca he oído nada sobre ellos. Hablan mucho de “los que más tienen” y “los que más ganan”. De hecho, suelen confundirlos, en un discurso de tres horas o un corte de diez segundos, como si pensaran que son los mismos (cuando no siempre es así).

Pero no dicen ni pío sobre “los que más trabajan”. ¿Qué pasa con ellos? ¿No se aplica ya un ejemplar tipo progresivo, que penaliza vicio tan nefando? Aventurar la hipótesis de que unos trabajen más que otros es una herejía reaccionaria, pero me atrevo a sospechar que no es descartable que semejante fenómeno pueda ocurrir, quizás, a lo mejor, de alguna forma, quién sabe dónde. Dijo Santiago Russinyol: “El juego cumple una alta función moral: arruina a los imbéciles”, pero no podemos esperar que el juego rectifique, por sí solo, todos los disparates y quebrantos de una política fiscal avanzada. Los que juegan con su propio dinero son imbéciles, los que juegan con el dinero de los demás tienen más suerte: parece que son generosos.

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