UNA CANARIA EN PARAGUAY: JOSEFINA PLÁ

pla_josefina

Josefina Plá.

http://www.biografiasyvidas.com/biografia/p/pla_josefina.htm

http://web.uchile.cl/publicaciones/cyber/18/crea15a.html (información más detallada)

http://www.zurgai.com/archivos/201304/021999118.pdf?1

VOZ SINGULAR DE LA LITERATURA RUSA CONTEMPORÁNEA

Érase una vez una mujer…, de Liudmila Petrushévskaia

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EDNODIO QUINTERO

Combates de Ednodio Quintero

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MARCO DENEVI

Cuento policial
[Cuento. Texto completo.]Marco Denevi
Rumbo a la tienda donde trabajaba como vendedor, un joven pasaba todos los días por delante de una casa en cuyo balcón una mujer bellísima leía un libro. La mujer jamás le dedicó una mirada. Cierta vez el joven oyó en la tienda a dos clientes que hablaban de aquella mujer. Decían que vivía sola, que era muy rica y que guardaba grandes sumas de dinero en su casa, aparte de las joyas y de la platería. Una noche el joven, armado de ganzúa y de una linterna sorda, se introdujo sigilosamente en la casa de la mujer. La mujer despertó, empezó a gritar y el joven se vio en la penosa necesidad de matarla. Huyó sin haber podido robar ni un alfiler, pero con el consuelo de que la policía no descubriría al autor del crimen. A la mañana siguiente, al entrar en la tienda, la policía lo detuvo. Azorado por la increíble sagacidad policial, confesó todo. Después se enteraría de que la mujer llevaba un diario íntimo en el que había escrito que el joven vendedor de la tienda de la esquina, buen mozo y de ojos verdes, era su amante y que esa noche la visitaría.

FIN

ROBERTO ROW

RELATO INÉDITO ANÓNIMO

“La pareja abominable” -Juan Carlos Boveri-

Teníamos el rostro mojado. No sé si de llorar o de la lluvia, o de las dos cosas. Lo cierto es que no nos dimos cuenta de cuánto caminamos o dejamos de caminar, si avanzamos o retrocedimos. Permanecimos erguidos frente al cristal, alejados de esa duda pasajera que provoca el miedo y la adrenalina. Ambos sabíamos el fin de aquella morbosidad. ¿Qué necesitábamos saber más que éramos unos pobres ignorantes dueños de nada?. Ni siquiera el lodazal de la calle nos pertenencía.

Era una tarde de enero. Un enero lluvioso y fatigado, pero nos daba casi igual. Nos acometimos a una idea poco conocida, por primera vez. No la de pedir “por favor” o haraganear el resto de alguna comida, sino la de efectivamente producirla, accionarla, llevarla a cabo. Me escabullí entre las sillas hacia una baranda, rápidamente, y la atravesé sin esfuerzo. Ella sujetó al hombre por la espalda y le apuntó. Vacié la caja y me perfilé hacia la calle donde aun llovía. Adentro, entre gritos, pude escuchar el eco de dos disparos.

Me apresuré entre los charcos, buscando mi vehículo. Ella, detrás, corría lamiendo las gotas que surcaban su mejilla, y se reía. Yo la abracé y fingí comprenderla, pero no pude evitar preguntarle por qué lo había hecho. Ella ahora lloraba y necesitaba ocultarlo. La tuve entre mis brazos y la sangre de alguien chorreaba por mis piernas; tan tibia, tan sofocante. Su herida, era mortal.

Me pregunté muchas veces qué cosas ocurrieron tan perfectamente para llevarme a ser un delincuente, o qué cosas hice tan mal como para merecerlo. Como todos los hombres que algún día adquieren la suficiente conciencia para comprender sus atrocidades, yo he adquirido esa forma. Supe que el hombre muerto era mi padre, y la mujer mortalmente herida, mi abominable esposa.

Roberto Row.

Publicado bajo el seudónimo de Roberto Bagg, en febrero de 2005, para la revista TLON, Buenos Aires