ARTHUR CONAN DOYLE Y EL HOMBRE DE PILTDOWN

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TRABAJOS FORZADOS

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CÓMO SE HACE UN LIBRO

Máster de narrativa «El arte y el oficio» from Escuela de Escritores on Vimeo.

SUPERTICIONES LITERARIAS

13/01/2012  El Cultural   

Aggggg, Viernes 13…

Las supersticiones de Thomas Mann, Kafka, Mark Twain, García Márquez… 

Nuria Azancot

 No se trata de que los buenos de Jason, Cara de Cuero o Freddy Kruger anden sueltos. El problema, como siempre, es la imaginación.

 Y de eso, de imaginación, de manías y supersticiones, saben mucho los escritores, por mucho que Platón escribiera que “El hombre embrutecido por la superstición es el más vil de los seres humanos”, y Voltaire, que “La superstición es a la religión lo que la astrología es a la astronomía, la hija loca de una madre cuerda”. Porque la mayoría de los autores de todos los tiempos lo son. O lo acaban siendo.

Así, William Somerset Maugham no se planteó si era supersticioso hasta que, en un viaje a China una mendiga a la que le negó una limosna le lanzó una maldición. Desde ese día, colgó en su escritorio un símbolo contra el mal de ojo, lo cosió en la ropa y lo dibujó en sus manuscritos. 

Samuel Johnston, en el siglo XVIII, tenía la manía de entrar en cualquier recinto con el pie derecho. Creía que si lo hacía con el izquierdo atraería la desgracia. Peor aún, según su biógrafo James Lowell, Johnston tenía obsesión por tocar los postes de madera y por no pisar las grietas del pavimento.

Twain, el contable obsesivo de palabras

 Mark Twain llevaba la cuenta exacta del número de palabras que escribía cada día, por lo que en sus manuscritos es frecuente encontrar pequeños números escritos a lápiz cada cierto número de páginas.

Marcel Proust volvía a casa muy tarde. Se acostaba, no sin ponerse un pijama y un grueso jersey de lana del Pirineo, que le mantenían caliente con una bolsa de agua. Luego, trabajaba hasta las siete de la mañana. Escribía deprisa, con plumillas de marca Sergent major. En la mesilla de noche tenía 15 plumas al alcance de la mano, dos tinteros escolares y un reloj de péndulo barato. Sin todo eso no era capaz de escribir. 

Pero no hay que remontarse tan lejos. Aparte de que no salía a la calle sin un bastón que él mismo llamaba “de la buena suerte”, parece ser que Sir Winston Chuchill, premio Nobel de Literatura, tenía aversión al número 13, al punto que llegó a abandonar un almuerzo exclusivo al que había sido invitado en Hong Kong , en el club Victorias Peak, porque eran doce comensales más uno. Y ya se sabe.

Kafka y la querencia por la penumbra

 Kafka sólo escribía a oscuras o en penumbra, y sólo, además, con tinta azul o morada. Thomas Mann se enjuagaba las manos en agua de violetas continuamente, en su estudio, rodeado de enormes palanganas .

Marguerite Duras era incapaz de escribir una línea sin una botella de whisky, y necesitaba además la misma mesa y la misma silla, delante de la misma ventana. Y silencio absoluto. En cambio, Ana María Matute es incapaz de escribir sin poner música bajito, de manera que casi no la oye, y procura no mirar el papel blanco, “porque si lo veo quedo aterrada”. 

Gabriel García Márquez nunca ha ocultado que es supersticioso. De hecho, él lo explica así: “Yo crecí en un mundo en el que mi abuela hablaba con los muertos, y no me he desprendido de eso. Aunque mis supersticiones no son el miedo al número trece ni a pasar por debajo de una escalera. Tengo las mías propias”. ¿Y cuáles son? El británico Gerald Martin descubrió una de ellas cuando en el 2000 se entrevistó con Gabo para escribir un libro sobre su vida. “No quiero que me hagan una biografía”, le respondió el escritor. “Creo que esa es una forma de invocar a la muerte”.

 Vila-Matas, congraciado con todos los dioses

Enrique Vila-Matas confesaba no hace mucho una lista completa de rituales: “Por las mañanas, si despierto en mi casa de Barcelona, lo primero que hago es mirar por la ventana, confirmar que se ha hecho o se hará de día. A continuación, le pongo una vela a Gombrowicz, renuevo mi culto. Después, me santiguo, hago la señal de la cruz, tranquilizo al Dios cristiano. Acto seguido, toco una varita mágica que compré en Colonia en compañía de Cristina Fernández Cubas, calmo a los dioses paganos. Esa varita está en mi escritorio desde hace once años, y cualquiera se atreve a desplazarla a otro lugar de la casa. Por si usted no lo sabía, Cristina tiene magia, tiene extrañas relaciones con el mundo de las cosas que ya no existen, se dice que tiene poderes y una gran capacidad para captar lo extraordinario en lo normal. Cuando compramos en Colonia mi varita (ella se compró otra igual), me dijo que no la perdiera de vista, por eso toco esa varita cada mañana”.

En cambio, lo que aterra a Juan Manuel de Prada es estrenar papel. Sí, “entre mis liturgias o supersticiones más veniales citaré mi obcecada preferencia por el papel usado. Ante una cuartilla intacta me agarroto y soy incapaz de redactar hasta la misiva más nimia o el artículo de circunstancias. Escribo en el reverso de papeles fotocopiados o de propaganda, y lo hago con bolígrafos de usar y tirar, recolectados en hoteles y oficinas bancarias, bolígrafos sin valor alguno, con carcasa de plástico; cuando me ponen en las manos un bolígrafo señorial o simplemente decoroso soy incapaz hasta de estampar un autógrafo. Pero quizá mi liturgia o superstición más indescifrable (y, por lo tanto, más irrisoria) consiste en buscar la inspiración mientras paseo por las calles (hasta aquí, nada fuera de lo normal), cuidando de no pisar jamás las junturas entre las baldosas. Si las baldosas fuesen demasiado pequeñas para abarcar la planta de mis pies, las agrupo imaginariamente en cuatro, formando un cuadrado perfecto, y así voy caminando, con la convicción absurda pero inquebrantable de que, mientras no pise una juntura, mi trabajo del día siguiente será fecundo”.

Quizá por eso, Sergio Pitol también reconoce que “muchos de nosotros llevamos un amuleto en la ropa, o guardado en alguna parte de la casa; cuando nos preguntan por qué razón respondemos con la misma expresión que usa Hugo Hiriart: ‘por si las moscas’. Si me preguntaran por mi fe en esos fenómenos, respondería que soy agnóstico; ni creo ni dejo de creer. Pero si me insistieran, diría que sí, que sí creo, que no logro saber por qué lo hago, pero que tengo un sistema complejo de amuletos, sortilegios, fórmulas personales para decidir qué lecturas deben hacerse para que un viaje resulte propicio, ponerme una corbata forzosamente amarilla para que cierto proyecto prospere, cosas así. Pero, sobre todo, me gustaría hablar del enigma de los gafes, ¿cómo detectarlos?, ¿cómo burlar su gettatura? Con ellos es casi imposible tocar el tema. Sería interesante saber cuándo supieron que tenían facultades para arruinar a los demás. Ese es el capítulo más oscuro, cruel y turbio de ese mundo de sortilegios y supersticiones que habitamos”. 

Porque, a fin de cuentas, lo peor de todos es que nos pase, como al salvadoreño Horacio Castellanos Moya, que nuestra peor superstición sea “creer que aquello que más temo es lo que me sucederá. Los ejemplos sobran: si temo que mi pareja me ponga los cuernos con determinado sujeto, ella lo gozará; si temo manchar mi prenda más querida, la salsa le caerá; si temo que esa novelita tenga mala suerte, los editores se declararán en bancarrota antes de publicarla; si temo que esa preciosura me rechace, el mohín estará ahí, infranqueable. No sé si me equivoque, pero creo que esta superstición funciona como un acicate para constreñir mis miedos”.

HIJO BASTARDO DE LA REINA ISABEL

Shakespeare pudo ser el seudónimo de un hijo bastardo de la reina Isabel

19/12/2011 por: Julio Vallejo

 

“Creo que Edward de Vere fue Shakespeare; si usted no lo cree así, tiene unas divertidas coincidencias que explicar”. Las palabras del gran Orson Welles, magistral director de cine y experto conocedor del mito de la literatura anglosajona, demuestran que las sospechas sobre la autoría de las obras atribuidas al hombre de Stradford no son nada nuevo. Ya, en 1857, Delia Bacon puso en duda que un hombre de campo como Shakespeare fuera realmente el creador de unos escritos que demuestran un amplio conocimiento de la vida en la corte.

Unos años más tarde, en 1920, Thomas Looney constataba las más que evidentes semejanzas entre la obra de Edward de Vere y la firmada como William Shakespeare. Nacía así la principal teoría que cuestionaba la identidad sobre el gran dramaturgo y poeta inglés. Desde entonces, muchos han sido los que han defendido que el conde de Oxford fue el responsable de obras maestras como Hamlet, Otelo o Romeo y Julieta, entre otras muchas. Ahora Anonymous, la película de Roland Emmerich, y Ver, comienza, un ensayo del español Ricardo Mena, avivan otra vez la polémica sobre la verdadera identidad de uno de los mayores genios de la literatura anglosajona. Emmerich, autor de aparatosos blockbusters como Independence Day o 2012, nos ofrece un thriller político que gira en torno a la figura de Edward de Vere, al que se atribuye la verdadera autoría de los textos firmados como William Shakespeare. El director nos dibuja al conde de Oxford como un hombre culto, criado en una casa noble e hijo ilegítimo de la reina Isabel I de Inglaterra, con la que tuvo una relación incestuosa. En el filme, el noble se convierte, además, en una figura fundamental en las luchas por la sucesión al trono que protagonizaron los Tudor y los Essex.

Lejos del thriller histórico del realizador alemán, Ver, comienza, el libro de Ricardo Mena, aborda con toda la meticulosidad posible los motivos que hicieron que el noble se refugiara en un hombre de paja como William Shakespeare para poder dar salida a sus inquietudes artísticas. Una de las razones de este ocultamiento se encuentra, según Mena, en la pésima fama que tenían los literatos en la Inglaterra del siglo XVI. “Estaba muy mal visto que los aristócratas como De Vere se dedicarán a escribir obras de teatro. Se puede apreciar en los sonetos de Shakespeare, donde el autor pide que se apiaden de él porque tiene las manos manchadas como el tintorero”, explica el escritor. Por otra parte, la verdadera identidad De Vere, hijo ilegítimo de Isabel I según diversas fuentes, tampoco hacía muy recomendable una excesiva publicidad sobre su persona. Recordemos que Isabel I era conocida como La Reina Virgen, aunque la realidad distaba mucho de ser verdad, como demostraría la existencia de un vástago bastardo como el conde de Oxford.

Resulta, sin embargo, curioso que De Vere escogiera a William Shakespeare, un hombre de escasa formación, como tapadera para hacer públicos unos escritos que eran más propios de un noble de amplia cultura. Según Ricardo Mena, hay una explicación bastante plausible: el conde de Oxford quería que, con el paso del tiempo, se descubriera que él era el verdadero autor de las obras atribuidas al hombre de Stratford. No obstante, los escritos firmados como Shakespeare no serían fruto solo de la mano del supuesto hijo bastardo de Isabel I, sino que incluirían a otros escritores supervisados por el propio conde de Oxford. Esto explicaría –según Mena- la gran calidad literaria de textos como Hamlet-presumiblemente escritos directamente por el propio De Vere- frente a otras obras menos logradas, que serían trabajos de los miembros de su peculiar escuela de amanuenses que el noble fundó y apoyó económicamente.