“RELATOS DE LA PATAGONIA”

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VIENTO NORTE, poemario

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VIENTO NORTE

 Esta semana llega a las librerías “Viento Norte”, poemario de Agustín Bilbao Abad, con bellas ilustraciones del propio autor. Poesía que resuelve con éxito la contradicción de arraigarse a la tierra y alzar el vuelo con la pureza del viento del norte.

 Presentación próximo 5 de junio, a las 19:30, en la Casa del Libro, Alda. de Urkijo 9, Bilbao.

 Reservad los ejemplares antes de que se agoten.

P R E L U D I O

 

 

 

Irrumpe en el panorama poético, con Viento Norte, una voz tan personal como la de Agustín Bilbao, con un corpus de versos libres, desligados de ese culto a la forma que encorseta las palabras y las ideas, y las eleva a la categoría de abstracciones; versos exentos de condicionantes opresivas; versos a partir de emociones y sentimientos; versos siempre muy ligados a la tierra, a lo material, a la más pura realidad del entorno.

 

Y sin embargo, aunque su poesía surge de la experiencia más que de la tradición, es difícil hoy en día encontrar un poeta surgido de la nada, cuyos versos no nos traigan ecos de algunos otros que le han precedido, bien sea porque el bagaje personal de cada uno termina por nutrir la propia creación mediante un efecto de vasos comunicantes aunque el creador no se lo haya propuesto, o bien porque el acervo del lector le lleva a buscar concomitancias con lecturas anteriores.

 

En estos tiempos en que los sistemas organizativos del mundo hiperestructurado que habitamos exigen clasificarlo y etiquetarlo todo, si nos forzaran a catalogar el contenido de Viento Norte, diríamos que por aproximación se podría asimilar con la poesía telúrica; aunque todo poemario, por principio, dado el espectro de temas que aborda, escapa a una definición tan restrictiva, y todas esas denominaciones se utilizan solo como método y guía para ubicar el texto en unas coordenadas aproximadas.

 

No obstante, sí se puede admitir una cierta afinidad o vecindad que actúa como música de fondo con algunos poemas de César Vallejo (“Deshojación sagrada”, “Desnudo de barro”, “Piedra negra sobre piedra blanca”), con otros, más cercanos en espacio y tiempo, de Gabriel Aresti (“Harria”, “Herri eta harri”, “Euskal harria”, “Harrizko herri hau”), o incluso con ciertos pasajes de Antonio Gamoneda (“La tierra y los labios”, “Sublevación inmóvil”, “Libro del frío”), por no mencionar la figura indiscutible que a todos nos viene a la mente al hablar de poesía telúrica: Pablo Neruda, ya sea en “Crepusculario”, en “Tentativa del hombre infinito”, en “Residencia en la tierra”, o en cualquiera de sus obras tomadas al azar.

 

De la misma forma, la poesía de Agustín Bilbao remite al arraigo a la propia tierra más que a los libros; es una poesía mucho más sensitiva que intelectual, y se explica como la evolución personal de quien ha recorrido un largo camino más que como manifestación espontánea de un impulso puntual. Son versos que se remontan al origen de la humanidad, porque el primer motivo poético tuvo que responder por necesidad a los estímulos de la propia Naturaleza (sorpresa, temor, admiración). Primero, tal como indican los testimonios hallados, debió de hacerlo a través de imágenes, esos trazos estilizados que se han conservado en algunas cuevas prehistóricas; luego, por fuerza, tuvo que surgir la palabra, tal vez para explicar aquellas imágenes rudimentarias. Esas líneas grabadas en la roca nos revelan el primer impulso del arte hacia sus símbolos. Su lenguaje larvado repta sobre la pared rupestre y, al descender al hogar, rodea la cintura de la cerámica más antigua. En esas primeras manifestaciones brilla la más remota poesía del ser humano, leve como una aurora. Es el impulso de la conciencia más elemental en reciente vecindad con la materia que, al ascender, chisporrotea sobre sus obras y trasciende entre los primeros remolinos del espíritu para alcanzar el de la imaginación. Esta libertad creadora preconsciente establece el nudo germinal de la imagen con la poesía, pues coexisten en él los elementos que se encuentran en todos los puntos de la eterna y circular batalla del universo.

 

En esta misma dirección, Agustín Bilbao empieza pintando y esculpiendo la realidad, captando las imágenes de forma plástica, fijándose en la línea, en el color, en el volumen, depurando matices, para dar un paso más y traducirlas a palabras, no como fase final de un proceso, sino como retroalimentación permanente de su visión de artista. Por eso también, sus versos de Viento Norte contienen con frecuencia el ingrediente plástico, cromático: (“…meteoro blanco / en las verdes campas de Apaioa” ; “el sudor anaranjado de la tierra madre, / el agua, sembrada de plata, / duerme junto al manto verde que te respira”)

 

Se advierte una sintonía constante entre el autor y la Naturaleza. La expresión más evidente de esta dimensión es la identidad entre el yo y la tierra. Una y otra vez se insiste en que el territorio donde el ser humano habita no es una cosa ajena a éste, sino su esencial elemento constitutivo. La tierra es más que fundamento o contorno, es origen, materia prima, forma y destino. Ese maridaje es a veces gozoso (“una casa gloriosa / inundada de luz, en cópula con el mar”); otras veces, melancólico (“Hoy llueve sin pausa, plomo en el cielo / y el corazón licuado”); en ocasiones, contradictorio (“Y las gotas de lluvia, rotas, llorosas / besaban nuestra alegría”); e incluso, doloroso (“ya no nos queda ni una triste rama recia / de olivo que nos ayude / a colgar nuestra miseria”). A veces, la sensibilidad viaja hasta el cosmos (“la calma de las estrellas / de órbitas en la verdad iluminadas”), para regresar al detalle pequeño de las criaturas más insignificantes (“las azules huellas de un caracol podrido / enamorado y fugitivo / que buscó patria nueva / y encontró un final súbito”).

 

Esta corriente que circula a través de todos los versos, confiriéndoles un principio de unidad, derriba todas las demás barreras. Incluso la división en apartados (Amor, Naturaleza, Recuerdos, Plásticos, Sociales) deviene un ordenamiento ficticio, una concesión externa con la que el autor no comulga, porque en el fondo sigue latiendo, como columna vertebral ricamente nerviada, la fuerza imantadora de la tierra, simbolizada sobre todo en la montaña.

 

Debido a esa vivencia íntima, sin duda, se produce el doble trasvase de personificación de elementos naturales y telurización de personas y sentimientos. Así, refiriéndose a la amada, dice: “…en el temporal del esfuerzo, roca” o “parecías frágil caña y eras acerado bambú”. Para expresar el triunfo del amor frente a la adversidad, escribe: “…tu aurora y la mía se han juntado / en la noche tenebrosa y fría / con nuestro aliento”. Pero también se halla presente la pasión correspondida: “Y las rocas, arroyos, pinos negros / almas blancas de águilas en flor / unidas a nuestros susurros / abrazados por enormes farallones / de caliza enternecida de joven sol”. El esfuerzo del ascenso a la montaña queda gráficamente recogido en “pam, pam, pam, el corazón y el camino / haciéndose amigos”.

 

Hay sentimientos y sensaciones que, por inabarcables, solo encuentran expresión a través de elementos de la Naturaleza (“¿Cómo liberaremos los estómagos / de las mariposas asaeteadas?” ; “Rompamos la bóveda de nuestros miedos / y acariciemos el seno azul de la Luna”). A la inversa, a menudo es la Naturaleza la que se viste con ropaje humano (“En las encías infinitas del mundo / se han abierto camino miríadas de incisivos / juguetones, inocentes” ; “El invierno se ha acostado / hermoso anciano y ya sueña / sueños cristalizados en agua eterna” ; “Nubes de alma azabache cargadas de vida” ; “Crestería de perfil atormentado”).

 

Con todo, el impacto más sugestivo y más íntimo, quizá uno de los que mayor empatía puede llegar a suscitar en el lector, llega a través de esas invocaciones intermitentes que recorren el texto como un  rosario sin principio ni fin. Son esas llamadas a la Madre Tierra, o Ama Lur, o Diosa Madre, o las diosas de la fertilidad, de manera genérica que retrotraen al pensamiento humano más ancestral, acercándolo a los orígenes y haciéndole soñar con un destino; en otras palabras, universalizando lo particular.

 

Esta referencia constante no tiene carácter gratuito, sino que su simbología se remonta al principio, a las madres primordiales. En la época prehistórica, cuando la humanidad era pequeña, la duración de la vida corta, y la mortalidad infantil grande, la capacidad reproductora de la mujer fue la principal oportunidad de supervivencia para el clan, la horda o la estirpe. Se recelaba, no obstante, de la fertilidad femenina, no reconocida aún como una consecuencia del apareamiento, sino como la intervención de un poder numinoso, lo que otorgó a la mujer un carácter mágico. Ella era un misterio primordial. Así que no es casualidad que las más antiguas estatuillas del paleolítico llegadas hasta nosotros sean en su mayor parte representaciones femeninas, madres primordiales o ídolos de fertilidad, materializaciones de la energía —primordial, alumbradora y reproductora— de la mujer, tempranas precursoras de las diosas madres.

 

Con el tiempo, se va conformando la idea de una madre divina, sobre todo en las regiones de colonización agraria. La mujer se convierte en el centro de lo espiritual y de lo material. Cuando la humanidad se vincula al suelo y a la propiedad, el significado de la descendencia aumenta y, con la fertilidad de la mujer, también aumenta la significación del suelo que ella trabaja y con el que el hombre la equipara sin reservas en el plano místico, creyendo en una correlación de la función reproductora de ambas.

 

La tierra, seno materno de todo lo viviente, pensada desde siempre como diosa maternal, es la figura divina más antigua, la más venerada y también la más misteriosa o, como Sófocles dice, “la más excelsa entre los dioses”. Según las más antiguas creencias griegas, todo lo que crece y fluye procede de ella, incluso los hombres y los dioses. Hasta en el más antiguo escrito sagrado de la India se lee ya la expresión “Madre Tierra”. Lo que lleva a suponer que se trataba de un sentimiento universal en la Antigüedad.

 

Ése fue el origen de las culturas matriarcales, donde se equipara a la Tierra con la mujer, pues la vida surge de ambos cuerpos, el linaje sobrevive mediante las dos. En la mujer se encarnan la fuerza germinal y la fertilidad de la Naturaleza, y la Naturaleza regala vida en analogía con la mujer cuando pare. Los hijos y las cosechas aparecen como dones sobrenaturales, productos de un poder mágico.

 

Para adorar a esta “Madre Tierra”, los hombres erigen un templo tras otro y la representan de mil formas. La Gran Madre, que aparece en montañas y bosques o junto a ciertas fuentes, cuya fuerza vital y bendiciones se sienten de año en año, es la guardiana del mundo vegetal, de la tierra fructífera, la idea misma de la belleza, del amor sensual, de la sexualidad desbordante, señora también de los animales.

 

La Gran Madre, sin embargo, no está ligada solo con la tierra. Su destello se extiende, ya entre los sumerios, “por la ladera del Cielo”. Es diosa de la estrella Istar, la Estrella de la Mañana y del Atardecer. Y, de acuerdo con los testimonios más antiguos, acude al Mundo Inferior, donde toda vida terrena se extingue, hasta que la rescata el nuevo dios Ea, señor, entre los sumerios y los babilonios, de las profundidades marinas y de las fuentes que brotan de ellas. Refleja el círculo de la vida natural, pero sobre todo las fuerzas generativas. Pues, de la misma manera que destruye, crea de nuevo; allí donde mata, devuelve la vida: Noche y Día, Nacimiento y Muerte, Surgir y Perecer, los horrores de la vida y sus alegrías proceden de las mismas fuentes, todos los seres surgen del seno de la Gran Madre y a él regresan.

 

Fueron los griegos los primeros que nos hicieron llegar esta interpretación del mundo de forma coherente y no fragmentaria, aunque revestida de una fuerte dosis de carga poética e imaginativa. Según Hesíodo, el Caos precedió a todo y estaba hecho de Vacío, Masa, Oscuridad y Confusión. Ante este estado inicial de las cosas, surgió Gea, Gaia o la Madre Tierra, que trajo el orden. Gea creó el universo, hizo nacer el Cielo estrellado, que fue un dios al que los griegos llamaron Urano. Gea, también hizo surgir las montañas, los llanos, los mares y los ríos, que son la Tierra que hoy vemos. Como madre y luego esposa del padre Cielo o Urano, ambos a su vez fueron padres de las primeras criaturas vivas, los titanes, los cíclopes y los tres gigantes Hecatonquiros, provistos de cien manos y cincuenta cabezas, y de los primeros humanos. Temiendo y aborreciendo a sus hijos monstruos, Urano los encerró en un lugar secreto de la tierra, pero dejó a los cíclopes y a los titanes en libertad. Gea, irritada por el favoritismo, persuadió a su hijo, el titán Cronos, para derrocar a su padre. Así fue que Gea castró a Urano y de su sangre hizo nacer otra raza de monstruos, los Gigantes y las Erinias, que eran tres diosas vengadoras. Su último y más terrible hijo fue Tifón, un monstruo de cien cabezas que, aunque vencido por el dios Zeus, se creía que arrojaba chorros de lava fundida por el monte Etna. Diosa suprema para humanos y para dioses, Gea presidía los matrimonios y los juramentos. Fue la más grande y antigua diosa de los griegos, adorada como madre universal y honrada como profetisa.

 

Si bien el proceso natural de la Historia superó esta interpretación hace miles de años, de alguna manera debió de pervivir en el inconsciente colectivo, porque en 1969, el investigador británico James Lovelock lanzó al mundo científico una desconcertante hipótesis: la tierra es un ser vivo creador de su propio hábitat; en otras palabras, nuestro planeta es una especie de superorganismo en el que, a través de procesos fisicoquímicos, toda la materia viva interactúa para mantener unas condiciones de vida ideales. A esta teoría la llamaron “Gaia”, en honor a la diosa griega de la tierra.

 

Es probable que desde el punto de vista científico la teoría no se sostenga, lo cual no es óbice para poder extraer de ella una gran rentabilidad poética; sobre todo si retomamos el contenido del nuevo libro de Lovelock, publicado recientemente con el título de “La Venganza de Gaia”, en el que advierte de que, debido a la agresión que la Tierra sufre por parte de la humanidad, una próxima catástrofe resulta inevitable

 

Puede parecer un inciso excesivo, pero resultaba necesario para terminar de ubicar algunos versos, incluso poemas enteros, de Viento Norte, centrados precisamente en ese concepto primordial de la Madre Tierra. Agustín Bilbao se siente muy cercano, poéticamente, a ese nivel de interpretación. Y desde esa perspectiva, nos remite a una expresión jubilosa, sobre todo en “Oda a la montaña”: (“Dadme la libertad infinita de observar / el cuerpo perfecto de la Madre Tierra / y sus abultadas turgencias”, “Cimas de diamante, collados de tul de novia, / glaciares: lenguas del cielo dormido”, “…acercándonos / al cuerpo de esa eterna durmiente / para poseerla en adoración y primicia”, “…perfecta en tu perfecta desnudez”, “Tus pies de mil verdes / tu vientre, dálmata adormilado / tus ojos llorando torrenteras de alegría / tu cabello pedazo de cielo en congelada espera”, “Decantando vinos de fantasía / en el cuenco del universo”, “Corte de cuchillo, Madre Tierra enhiesta. / Ánimos recios, pasiones telúricas / del corazón colectivo”). Pero el entusiasmo esconde también su cruz, el dolor por la madre ofendida, humillada y herida: (“Tiembla la Madre Tierra. / Le quieren robar el alma”, “Agua para la Tierra rota / y la miseria infinita / de los intocables de hoy / líderes mañana”, “Desde el monte hasta la playa / han acuchillado la tierra mía: para nada”, “Hace lustros, Madre, Madre Tierra / que buscamos en los pliegues de tu regazo / un tranquilo valle para nuestro vivir”, “Medio Oriente / Madre rota. / Lágrimas en los ojos / río de sangre / yaciente en tus brazos”).

 

Pero a fin de cuentas, después de este intento de aproximación a los versos de Viento Norte, ¿qué nos queda? Sólo el indicio y la presunción de haber llegado a adivinar en qué dirección ha disparado la flecha el poeta. Y la intuición nos dice que a la búsqueda de la armonía en un sentido plural: armonía consigo mismo, armonía con su entorno, armonía con su tiempo. En realidad, no sabemos lo que es la poesía. Solo presentimos algunas cosas: sabemos, por ejemplo, que rompe cadenas, que no deduce certezas ni propone sistemas para alcanzar la felicidad. La poesía no parece saber nada, solo desentraña, interroga, es encuentro, celebración. No subyuga a las cosas, solo deja que reposen en su ser. Tampoco, quizá, la poesía sea sabiduría. La poesía no sabe: es. Y en ese estar siendo, otorga nombre a las cosas, a lo desconocido, a la ausencia. La poesía tal vez no cambia el mundo, pero es capaz de insuflarle nuevos sentidos e insospechadas resonancias, porque escribir es reinventar el mundo cada vez que se deletrean los objetos, cada vez que se vislumbran los paisajes, cada vez que la luz atropella los cuerpos y las cosas. Esto hace de la poesía una especie de rebeldía sin término, una insurgencia constante frente a lo que ya conocemos, a lo que ya está dado, a lo que debido a la reiteración inclemente se ha convertido en cliché.

Desde que Rimbaud descubrió que el poeta debe agotar en sí mismo todas las experiencias y acceder a su propio conocimiento a través de profundas y permanentes inspecciones, tanteos y aprehensiones, parece quedar claro que la poesía tiene que ver solo con lo que se queda impregnado en el alma. Aun cuando juega, incluso cuando es pirotecnia y acrobacia, la poesía no se desliga del alma porque es allí donde permanece la quintaesencia de las cosas que parecen ciertas.

 

Podríamos avanzar que Agustín Bilbao, con su obra Viento Norte, empieza a transitar esa atmósfera, a juzgar por la sensación de plenitud que despiden sus versos: “En honrados regazos divinos descanso / en suave vaivén de la tierra al cielo. / Se disputan mi pobre cuerpo en juego riente / desde Júpiter y Odín, hasta Mari y Hécate”.

 

 

Esther Zorrozua